Elena esperaba en su coche, sentada al volante. Hacía diez minutos que había llegado al barrio de Pablo. Esperaba a que dieran las 21.00 para tocar su timbre. La hora a la que habían quedado.
Estaba nerviosa, con cierta ilusión y ganas de verle pero también con con una ligera presión en el estómago que no sabía muy bien explicar.
Miró el móvil para ver qué hora era. Un mensaje de Pablo, enviado dos horas antes le recordaba la cita:
- ¡Luego te veo a las 9! Tengo muchas ganas de verte.
Estaba sin responder. Elena lo observó un segundo. No sabía muy bien qué contestar.
Volvió a consultar el reloj del coche. Las 20.54. Sacó la llave del contacto y se dispuso a salir del coche. En ese momento, un sonido conocido le indicaba que había llegado un mensaje nuevo a su Whatsapp. Manu.
- ¡Ey! ¿Cómo vas? ¿Qué plan para el sabadete?
Elena cogió el móvil con una sensación de emoción en su pecho. Una sonrisa involuntaria apareció en su cara al ver su nombre. Abrió la aplicación de mensajería y contestó al momento:
- Holaaa – un saludo emocionado que solían intercambiarse Manu y ella – puesss hoy me sacan a cenar por ahí…
Silencio. No hacía falta decir más. Los dos sabían con quien había quedado.
Ella observó que Manu estaba en línea. Había leído el mensaje pero no le contestó. Aquel estado dejó de aparecer debajo de su nombre.
Elena suspiró y se encogió de hombros. Negó con la cabeza y se rascó incómoda la nariz. «Bueno, ya me responderá cuando quiera» – pensó mientras salía del coche.
Caminó con pasos lentos hacia el portal de Pablo. Arrastrando los pies. De repente el mismo sonido de notificación llegó a su móvil.
- Bueno, pásalo bien entonces, guapísima 😉 – un emoji de un guiño finalizaba aquella primera frase de Manu – Yo vengo de patinar y ahora también iré a cenar por ahí. Luego tal vez salga un rato con el grupo de amigos a tomar algo. Ya te molestaré un poco jejeje
- ¡Oye! A ver si voy a tener que ponerte una orden de alejamiento, eh – ella quiso sonar ligera para quitar dramatismo al hecho de que iba a quedar con otro – Venga, que seguro que te están esperando. ¡Hasta luego!
Elena llegó al portal. Se detuvo un instante antes de tocar el timbre y volvió a mirar el móvil. Había un mensaje de Manu. Un emoji de una cara de sorpresa. Negó con la cabeza para sí misma con una leve sonrisa.
Suspiró y tocó al timbre de Pablo. Este le contestó por el telefonillo:
- ¡Hola! Menuda mensajera más sexy que viene a mi casa.
- Si… ábreme anda que hace frío en la calle.
Elena sintió una ligera tensión en el estómago. No sabía por qué, pero aquel comentario tan efusivo le resultó demasiado. Era como si le enfadara que él fuera tan atento. Estuvo pensando que tal vez debía decirle que tenían que ir más despacio.
Subió en el ascensor hasta el cuarto piso donde vivía Pablo. Se miró al espejo. Llevaba un vestido azul claro de manga larga. Liso y algo ancho. No era de los que más le favorecían, no marcaba sus curvas naturales. Su imagen en el espejo le mostraba una sonrisa algo triste y una mirada nerviosa.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Pablo estaba allí. La miraba con una sonrisa amplia, casi orgullosa de verla llegar.
Elena sintió un pequeño impulso de dar un paso atrás. No lo hizo.
Salió despacio.
- Hola preciosa – Pablo le cogió una mano y la besó mientras la miraba fijamente a los ojos – Te estaba esperando.
La camisa recién planchada de Pablo, los pantalones negros y el pelo perfectamente cepillado contrastaban con el peinado improvisado de Elena.
Aquella mirada tan intensa que tenía sobre ella la intimidaba. En algunos momentos, necesitaba desviar la cabeza hacia abajo para que no se le notaran los nervios. O la sonrisa incómoda.
Pablo la invitó a pasar poniéndole una mano, de manera sutil en la cintura. Ella se retiró ligeramente con la excusa de tenía que quitarse el abrigo. Él suspiró ligeramente para calmar sus nervios y ahuyentar los peores pensamientos de su cabeza.
- ¡Uy! La casa es nueva, todavía huele a recién comprada, eh – Elena sonrió e hizo una broma para rebajar toda aquella intensidad.
- Si, ¿te gusta? Ya sabes, cuando quieras puedes venirte y vemos una peli o te quedas a dormir aquí.
Él se acercó a ella y le tocó la cara suavemente. Por un segundo se miraron ambos se relajaron. Pablo notó cómo los hombros de Elena se destensaban poco a poco. Su sonrisa se sentía un poco más amplia y natural. El beso que le dio fue lo que necesitó para calmar la inseguridad que lo invadía por momentos.
Ella no pudo evitar fijarse en que la casa estaba impecable. Un sofá gris claro, una mesa baja de madera y una lámpara cálida iluminaban el salón con una calma casi excesiva. Todo parecía colocado con cuidado, como si cada cosa tuviera su lugar exacto en aquella casa.
Una serenidad suave se abrió paso dentro de Elena. Durante un instante, toda aquella tensión pareció disiparse. Tal vez Pablo tenía razón. Tal vez no tenía que pensar tanto. Tal vez solo podía dejarse estar allí, en aquella casa tranquila, y ver qué ocurría.
Se sentó cómoda en el sofá y miró como Pablo la miraba desde la cocina.
- ¿Estás cómoda? Mira – abrió un armario de la cocina para alcanzar un paquete de café. Justo el que Elena solía tomar en su casa y que tanto le gustaba – he comprado este. Me dijiste que era el que tomabas.
Se levanto del sofá, sorprendida. La calidez del gesto la conmovió y fue directa hacia él. Lo abrazó por detrás y Pablo giró la cabeza para besarla suavemente.
El hombre se sintió afortunado por aquel gesto. Casi como si fuera una lotería que acababa de tocarle. Disfrutó ese abrazo y deseó que se parase el tiempo para tener a Elena un poco más. De esa forma. Con aquella sonrisa.
Pablo la observó durante un instante. Había algo en aquella escena —el abrazo, la cocina, la sonrisa de Elena— que le hacía pensar que, tal vez, esta vez sí podía salir bien.
La forma en que ella estaba allí hacía que todo pareciera encajar de una forma inesperadamente sencilla.
- ¿Me ayudas, preciosa? – Pablo estaba entusiasmado ahora. Abrió la bandeja del horno y se acercó divertido a Elena -. Solo tienes que poner la mesa con los cubiertos que te he dejado sobre ella ¿crees que podrás?
Aquel hombre tan nervioso, intenso e inseguro se mostró ahora encantador, divertido y jovial. Su sonrisa parecía iluminar la estancia y un sentimiento de hogar empezó a despertar en el interior de Elena. Este era justo el tipo de hombre que se queda a dormir a tu lado después de tener sexo contigo.
Un recuerdo fugaz le vino a la mente.
Manu vistiéndose en silencio al borde de su cama. Con prisa, como queriendo irse inmediatamente.
Elena apartó el pensamiento como si quemara.
Al acordarse de aquel momento, del sexo con su amigo unos días antes, su sonrisa se borró al instante de su rostro. Tuvo que apartar la mirada de Pablo y sintió un remordimiento en su interior.
Intentó reponerse pensando que había sido un error del pasado. Que no volvería a cometerlo. No con ese hombre tan amoroso a su lado.
- Claro… Creo que podré poner la mesa. A tanto ya llego, eh chaval – nada más tener aquella revelación y prometerse a sí misma ese «nunca más» con Manu, se sintió extrañamente reconfortada.
- Muy bien… la princesita va a ayudarme – se acercó cálido a tocarle la cara y la miró con intención – y después de este plato, el postre.
Pablo señaló con la cabeza el pollo al horno que había cocinado y le guiñó un ojo a Elena cuando le mencionó el postre. Aquel hombre estaba encantado con su presencia.
Ella se colgó ahora de su cuello y lo abrazó de manera tierna. Lo miró encantada y lo besó lentamente. Destellos de otros labios cruzaron su mente. Y tuvo que separarse ligeramente. Una rabia repentina nació en sus entrañas. No iba a dejar que Manu le fastidiara la cita. No de nuevo.
Su amigo era incapaz de aclararse con nada que tuviera que ver con ellos. Habían hablado en muchas ocasiones sobre lo que sentían el uno por el otro. Y él le había confesado sus sentimientos. Pero siempre tras una excusa sobre su vida, su caos interno, su futuro incierto. Elena estaba harta de que siempre que quería avanzar, él se interpusiera en su camino.
Habían estado distanciados en un par de ocasiones. Ambos distanciamientos no habían llegado a las tres semanas. Justo cuando empezaba a olvidarlo, aparecía uno de sus putos mensajes. Elena no entendía porqué pero siempre estaba ahí. Al fondo del camino.
Por eso ahora iba a disfrutar de aquel hombre que tenía en sus brazos y que sí que estaba dispuesto a cenar con ella, a hacer planes de futuro y a caminar de la mano. Un hombre que le había hablado a sus amigos de ella y no la trataba como un secreto inconfesable.
- ¿Y qué me vas a dar de postre, mi rey? – Elena se mordió el labio y puso una expresión juguetona.
- Mmmm no se, depende de como te portes, guapa.
Así estuvieron. Un rato abrazados y besándose. Tocándose y disfrutando de aquellas carantoñas. Mientras la temperatura subía en sus cuerpos. Estuvieron en un dilema de si cenar primero hasta que ella lo cogió de la mano y, sugerente, lo llevó hasta la cama.
Él se fue detrás de ella sin pensar. Aquella mujer lo tenía completamente seducido. Le encantaba todo de ella. Se pasó a besarla de nuevo en el umbral de la puerta. Era tan bonita que podía doler.
Cuando la tuvo sobre él, fue quitándole la ropa lentamente. Se fijaba en sus ojos, en sus labios, en su cuerpo. Delgado y suave. Le encantaba el tacto de su piel.
Hicieron el amor de una manera lenta e intensa. Pablo le tocaba el cabello y la besaba siempre que tenía ocasión. No quería que aquello se terminara jamás. Necesitaba tenerla cerca.
Tumbados en la cama, completamente desnudos, se miraban. Él cogió su mano izquierda y puso la suya encima. Le empezó a besar el brazo y ella se rio por las cosquillas que ese acto le producía.
- ¿Sabes qué? —dijo sonriendo—. Esto me gusta.
Elena también sonrió. Durante un instante todo parecía sencillo.
- Me encanta poder estar contigo. No se, simplemente esto. Poder invitarte a cenar a mi casa, ver una película, ir a una terraza, tomar un vinito. Poder estar tranquilo e irnos conociendo.
Elena se sintió afortunada. Aquello era justo lo que ella deseaba también. Poder dejarse sentir. Sin miedo. Sin intención. No tener que medir las palabras ni las emociones. No tener que vigilar su intensidad. Y Pablo le daba justo lo que ella necesitaba. Estabilidad.
En aquel momento de calma, le había parecido escuchar el sonido del móvil recibiendo un mensaje. Con ese tono tan peculiar. Sonrió al observar la cara de Pablo. No importaba nada más que aquel instante.
- A mi también me gusta poder tenerte en mi vida. Irte conociendo poco a poco. Ya sabes. Ver qué tal congeniamos.
- Bueno, yo creo que vamos bien, ¿no?
- Si. La verdad es que si – Elena contestó con seguridad. Lo creía de verdad. Aunque fuera a ratos.
Manu miró al techo y habló sin apenas mirarla. Casi con miedo.
- Me parece que… podemos construir algo bonito. No se, puede que algo duradero. Tal vez sea el comienzo de algo precioso.
Elena no supo cuando ni porqué pero un tremendo peso cayo en su vientre. Las sensaciones se le agolparon en su mente por un instante. Recordó como, en el pasado, algo se le había roto muy dentro. Nunca pensó que podía ocurrirle algo así. Sin embargo, había pasado. Algo en su interior cambió para siempre. Como un vacío que absorbe toda emoción.
Aun recordaba el sufrimiento. El sentimiento de culpa al ver como lo había destrozado todo.
Pablo la acariciaba mientras ella estaba apoyada en su pecho. Su respiración se volvió agitada.
- Uy, creo que alguien se está alterando – el chico la miró con media sonrisa mientras la besaba.
Elena lo miró con una sonrisa nerviosa. Intentando disimular todo aquel torbellino de emociones que tenía dentro. Se levantó repentinamente para ir al baño. Pablo quedó tumbado en la cama por un instante sin sospechar nada.
- Ahora vengo. Voy al baño un momento – dijo sin pensar. Rápidamente y sin girarse. Se dirigía al aseo a toda velocidad.
La vio entrar y cerrar la puerta. Bajó la mirada y buscó su ropa por el suelo de la habitación. Era la pura imagen de la felicidad y la emoción. Se vistió rápido y acudió a la cocina a paso ligero.
Al final Elena no había puesto la mesa… Una media sonrisa apareció juguetona en su cara.
Colocó de manera cuidadosa los cubiertos, encendió un par de velas y apagó las luces.
- ¡Preciosa! Ya está todo listo. Puedes salir cuando quieras. Aquí te espera tu príncipe.
Elena escuchó aquellas palabras al otro lado del baño. Con un rápido «enseguida salgo» ganó unos minutos. Se miró al espejo.
Sus ojos eran esquivos hasta para ella misma. La expresión de vergüenza no podía disimularse. Levantó la mirada y observó el baño. Todo estaba ordenado, limpio. Impoluto. Parecía que aquel hombre había pasado la tarde completa arreglando la casa y preparando la cita con ella.
No se merecía tanto amor. No después de lo que había hecho. Se sentía una estafadora. Él tan cuidadoso y ella tan traicionera. ¡Pero si dos días antes se había acostado con su amigo Manu! Sabía que Pablo se estaba enamorando. Y ella lanzándose a los brazos de otro hombre. Se daba asco a sí misma. No podía con aquella sensación.
Su mirada se desplazó compulsivamente por toda la estancia. Paró en el espejo y entonces se fijo: al lado del grifo había un vaso con dos cepillos de dientes. Uno de ellos, rojo, parecía usado. El otro era verde. Su color favorito. Estaba nuevo.
Se quedó mirando por un momento al cepillo de dientes. Eso significaba ella para Pablo. Futuro. Ilusión. Una vida posible.
Salió del baño aun con un nudo en el estómago y lo vio de nuevo. Sonriente, cuidadoso y transparente. Estable. Se acercó a él y volvió a abrazarlo. Quería que en aquella cercanía con su cuerpo, todos sus fantasmas desaparecieran.
Pablo la miró cuando salió del baño.
- Creí que te habías arrepentido —dijo con una sonrisa nerviosa.
- He visto el cepillo de dientes en el baño – dijo repentinamente Elena.
Él la miró nervioso. Como un niño cuando le pillan haciendo una travesura.
- Si… lo compré para ti. Por si te apetecía quedarte alguna noche. Ya sabes.
- Me encantaría quedarme aquí.
La sonrisa de Pablo disipó todas sus dudas. De nuevo, había elegido elegirle. Necesitaba poder hacerlo. Ya no quería tener más culpa, más miedo, más incertidumbre. Quería que su seguridad fuera aquel cepillo de dientes en el baño de Pablo.
Un movimiento rápido la sacó de sus rumiaciones. Él le acercó una silla para que Elena se sentara.
- Cuidado, que está caliente —dijo mientras colocaba el plato frente a ella.
El pollo desprendía un olor delicioso a especias y limón. Elena se inclinó ligeramente para olerlo.
- Huele increíble.
- Es una receta de mi madre —respondió él con una sonrisa—. Pero no se lo digas, porque luego se lo cree demasiado.
Elena soltó una pequeña risa. Aquella risa ligera que aparece cuando uno empieza a sentirse cómodo.
Pablo cogió la botella de vino y llenó su copa con cuidado.
- No te pongas demasiado que luego no puedo contigo —bromeó.
- Uy, qué confianza tienes ya.
- La justa.
Elena probó el primer bocado. Estaba realmente bueno.
- Vale, esto está demasiado rico —dijo levantando la mirada.
Pablo la observaba con esa mezcla de orgullo y ternura que a Elena empezaba a resultarle… demasiado intensa.
- Me alegra que te guste.
Él alargó la mano para coger el pan y, casi sin darse cuenta, dejó un pequeño trozo en el plato de ella.
- Toma, que seguro que te gusta mojar en la salsa.
Elena se quedó mirando ese gesto un segundo. Algo pequeño. Sintió una extraña mezcla de calidez y vértigo.
En aquel salón se había creado una atmósfera de intimidad. El sonido ambiente eran sus voces animadas hablando cada vez mas cerca el uno del otro. Se sentía delicioso.
En un momento de la cena, Pablo la miró y le puso cariñosamente el pelo detrás de la oreja. Ella desvió la mirada hacia el suelo, tímida aunque encantada por el gesto de cuidado.
- ¿Sabes qué, Elena? Nunca te lo había dicho hasta ahora pero en el pasado siempre he tenido relaciones muy caóticas —confesó con media sonrisa—. Por eso me gusta tanto cuando algo parece fácil. Como esto.
Ella lo miró fijamente. Sabía a que tipo de caos. Podía entenderle más que a nadie.
Tras unos segundos de silencio cómplice, Pablo se levantó para rellenar la copa de Elena. Mientras iba hacia la cocina le dijo:
- Tengo un vino por aquí la mar de bueno. Un tinto riquísimo. Marques de Riscal. ¿Lo conoces?
El recuerdo fue como un mazazo en su mente. Una copa de vino, un bar y un jueves por la tarde. Manu frente a ella. Juntos bebiendo. Marques de Riscal.
Recordaba muy bien como había terminado la noche. Apasionados y desinhibidos en la parte de atrás del coche de su amigo. Con la ropa a medio quitar tuvieron que salir corriendo. Casi les pilla la policía. Estaban en un parking público y eran las once de la noche.
La mano de Elena tembló al momento. Todo se sentía tan… perfecto. Tan intenso. Tan estable. Mientras veía a Pablo acercándose a ella con la botella de vino en la mano, un sonido conocido en su móvil rompió el silencio de la cocina.


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