Distancia («Te refugiarás en mi tormenta» capítulo 6)

17–25 minutos

Sábado, 7 de marzo del 2026 

El vapor todavía empañaba parte del espejo cuando Elena salió del baño con una toalla enrollada sobre el cabello. 

Eran las 18.07. 

Entró descalza en su habitación y abrió el armario. Durante unos segundos se quedó quieta, observando la ropa colgada. 

Sacó dos vestidos. 

Uno negro, ajustado, de manga larga y tela ceñida. El otro, azul claro, amplio y de algodón. Los dejó extendidos sobre la cama. 

Se acercó primero al negro. Lo sostuvo frente al espejo y ladeó ligeramente la cabeza. Le marcaba mejor la cintura. Realzaba sus piernas. Se veía más sofisticado. Frunció el ceño. 

Lo dejó sobre la cama y cogió el azul. Era sencillo. Cómodo. Caía suelto sobre el cuerpo. Lo apoyó contra sí y observó su reflejo. Parecía más ella. 

Dejó ambos vestidos y se sentó un momento al borde de la cama. Cogió el teléfono de la mesilla. 18.11. 

Tenía una notificación de Pablo. 

P: Espero que tengas hambre 🙂 

Una sonrisa pequeña apareció en sus labios. Bloqueó la pantalla y dejó el móvil boca abajo. 

Se inclinó para aplicarse crema hidratante sobre las piernas. Mientras extendía el producto con movimientos lentos, trató de no pensar demasiado. 

Era solo una cena. Una cena tranquila. Nada más. Se levantó y volvió a mirar los vestidos. Sin pensarlo mucho más, eligió el azul. 

Se vistió despacio, alisando la tela sobre sus muslos. Después fue al baño y empezó a secarse el pelo. El sonido del secador llenó la estancia. 

Cuando terminó, se acercó al espejo y cogió el lápiz de ojos. Trazó una línea sobre el párpado derecho. Miró su reflejo durante unos segundos y se dio cuenta de que no se había hecho bien la línea.  

Chasqueó la lengua y dejó el lápiz sobre el lavabo.  

Untó un poco de desmaquillante en un disco de algodón y se quitó los restos de maquillaje.  

No pasaba nada por ir más natural. Miró la hora. 18.36. 

Todavía faltaba mucho. Demasiado. 

Regresó a la habitación, recogió distraídamente una camiseta que había dejado sobre la silla y la dobló. Después recolocó dos cojines que ya estaban perfectamente colocados. 

Volvió a mirar el móvil. Nada. 

Sintió una ligera decepción que no supo ubicar. Negó para sí y soltó aire por la nariz. Fue hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua. Mientras bebía, observó el cielo que empezaba a oscurecerse tras la ventana. 

Pensó en la casa nueva de Pablo. En la cena. 

Una presión suave empezó a instalarse en su pecho.  

Miró el reloj del microondas. 

18.49. 

Aún quedaban más de dos horas. Se apoyó en la encimera y apretó los labios. 

De repente sintió unas ganas absurdas de cancelar. La sensación desapareció tan rápido como había llegado. 

Cerró los ojos un instante. Respiró hondo. 

Cuando volvió a abrirlos, se dijo que estaba exagerando. Era solo una cena. Pero al dejar el vaso en el fregadero, sus dedos temblaron ligeramente.  

 

Elena esperaba en su coche, sentada al volante. Eran las 20.51.  

Sus dedos comenzaron a tamborileaban sobre el volante. La nueva canción de Sabrina Carpenter sonaba en la radio. 

Miró por la ventana y vio la terraza de Pablo. 

Su respiración se volvió más agitada y notó como el corazón se le aceleraba. Apagó la música súbitamente y se recostó sobre el sillón. 

Desbloqueó la pantalla del teléfono para ver la hora. Las 20.54. El mensaje sin leer de Pablo le recordaba la cita.  

P: ¡Luego te veo a las 9! Tengo muchas ganas de verte. 

Elena lo observó un segundo. Después, volvió a bloquear la pantalla. 

Se quedó así unos instantes, en silencio. Sacó la llave del contacto y se dispuso a salir.  

Varias notificaciones seguidas habían iluminado la pantalla.  

Instagram.  

Elena cogió el teléfono. Relajó los hombros y una sonrisa involuntaria se le dibujó en el rostro. 

Abrió la aplicación y miró en el apartado de alertas. Cinco me gusta aparecieron frente a sus ojos. Eran fotos antiguas.  

Parecía que Manu había estado mirando sus imágenes más viejas.  

Ella entró al perfil de él e hizo scroll con el dedo durante unos segundos. Llegó hasta varias imágenes de él, sosteniendo un cartel que hizo hacía tres años.  

En ella, aparecía mirando a cámara con una cara de orgullo.  

Le dio like a esa imagen y a las dos siguientes.  

Sonrió y un hormigueo suave comenzó en su pecho. Desvió sus ojos hacia la esquina superior de la pantalla y vio que ya eran las 20.57.  

Súbitamente, bloqueó el teléfono y lo metió en el bolso, negro. Llegó al portal y tocó el timbre. Antes de que nadie contestara, volvió a mirar la pantalla. Silenció el dispositivo. 

Una voz al otro lado la sobresaltó.   

  • ¡Hola! Menuda mensajera más sexy que viene a mi casa. 

Un viento frío hizo que Elena se estremeciera. Frunció el ceño y dijo: 

  • Si… ábreme anda que me estoy helando. 

El sonido de la puerta abriéndose hizo que se abriera un hueco en su estómago. Cuando entró al portal, le dio al botón del ascensor. Éste tardó un poco en subir. 

  • ¡Pero sube por las escaleras! ¡Que vivo en un segundo! 

Pablo se asomó por la barandilla del portal. Elena esperó a que la puerta del elevador se abriera. 

En cuanto entró, se miró al espejo. Observó la caída de su vestido azul. También se fijó en su cabello, algo despeinado. Sus ojos estaban algo cansados.  

En aquel momento se dio cuenta de que no se había hecho la raya del ojo. 

Cuando las puertas se abrieron, Pablo ya estaba allí. En su rostro, una gran sonrisa le daba la bienvenida.  

Elena sintió un pequeño impulso de dar un paso atrás. No lo hizo. Salió despacio. 

  • Hola preciosa. Te estaba esperando. 

Pablo le cogió una mano. La besó mientras la miraba fijamente a los ojos.  

Soltó una risita incómoda y tiró ligeramente de su mano hacia sí.  

Ambos estaban seguían en el rellano. Frente a frente. Pablo la invitó a pasar con su brazo. Antes de entrar, Elena se fijó en él.  

Llevaba la camisa recién planchada. Pantalones negros y el pelo perfectamente cepillado.  

Dio unos cuantos pasos hacia el umbral de la puerta. Pablo seguía allí, inmóvil. La miraba con una mezcla de ternura y deseo.  

Cuando al fin entró en la casa, él la siguió. Elena escuchó el retumbar de aquella puerta cerrándose. El hueco de su estómago creció ligeramente.  

Mientras se quitaba el abrigo, Pablo se acercó para besarla. La cogió de la cintura y se quedó mirándola unos segundos.  

Ella se retiró un poco, con la mirada en el suelo. 

  • ¡Ay, perdona! Que voy a dejar el abrigo por aquí.  

Tras dejar la prenda, miró hacia todas direcciones. Dio varios pasos por el pasillo.  

  • ¡Uy! La casa es nueva. Todavía huele a recién comprada, eh.  

Él le sostuvo una mirada de orgullo. Una sonrisa genuina en su rostro.  

  • ¿Te gusta? Ya sabes, puedes venir siempre que quieras. Incluso a dormir también. 

Pablo se acercó y le tocó la cara suavemente. Por un segundo, algo se relajó dentro de ella. Él también sintió como sus hombros se relajaban.  

Los dos se besaron, despacio. Después, él empezó a darle unos pequeños masajes en la nuca. Se acercó a su oído y le susurró:  

  • Ven, te enseño el resto de la casa. 

La tomó de la mano y la condujo por el pasillo. La primera estancia a la que fueron fue la sala. A Elena le pareció que estaba todo impecable.  

Un sofá gris claro y una mesa baja de madera reposaban en el centro de la habitación. Una lámpara cálida le daba un toque acogedor al salón.  

Una calma suave recorrió el cuerpo de Elena.  

Pensó que tal vez no debía pensar tanto. Solo dejarse estar allí. Elena quiso sentarse, pero Pablo se acercó y la tomó de la cintura.  

  • No, no. Todavía no te sientes. Ven a la cocina. Quiero que veas lo que estoy preparando. 

Nada más entrar en la cocina, un aroma delicioso la envolvió. En el horno, se estaba cocinando un pollo al horno.  

Las patatas, previamente horneadas, reposaban en una fuente junto a una salsa naranja. A Elena le rugió el estómago.  

  • ¡Madre mía! Menuda pinta tiene.  

Se giró hacia Pablo y pudo observar una expresión de ternura en su rostro. Lo rodeó por el cuello y lo besó. 

La sensación del estómago se alivió del todo. 

  • Por cierto, mira lo que te he comprado – Pablo se separó un momento de ella y fue directo al armario.  

De él, sacó un paquete de café azul y blanco. Era una especialidad de Colombia. El favorito de Elena.  

Ella abrió los ojos de par en par. Después, fue directa hacia él y lo abrazó por detrás. Pablo giró la cabeza y la besó suavemente.  

Una calidez se expandió en el interior de Pablo. Disfrutó de ese abrazo mientras Elena apoyaba la cabeza en su espalda.  

Por un instante le pareció que la forma en que ella estaba allí hacía que todo encajara. 

Después de un rato abrazados, Pablo se movió para sacar los cubiertos.  

  • ¿Me ayudas, preciosa? Solo hay que poner los cubiertos. Del resto ya me he encargado yo.  

Elena asintió.  

Pablo abrió el armario y ella se quedó paralizada ver el interior.  

En la segunda balda, a la derecha, reposaba una taza con un cuaderno y una pluma.  

Elena sintió un hormigueo en sus piernas.  

  • Disculpa… – le temblaba ligeramente la voz – ¿Dónde está el baño?  
  • ¡Ah! Al fondo a la derecha.  
  • Vale. Ahora vuelvo. 

Nada más entrar en el cuarto de baño, se apoyó en el lavavo. Su respiración era agitada. Su mandíbula tensa y sus piernas sin poder parar de moverse. 

Rápidamente, abrió el grifo del agua fría. Se echó el líquido por la nuca y se sentó en el váter. Empezó a respirar lentamente para tranquilizarse.  

La imagen mental de aquella taza le vino a la cabeza.  

Apretó los puños y empezó a mirar a todos lados. Después, se puso en pie y bebió un sorbo de agua. 

El golpe de unos nudillos la sobresaltó. Al otro lado, Pablo, le preguntaba si estaba todo bien. Ella respondió que enseguida salía.  

Tomó todo el aire que pudo y exhaló con calma.  

Cuando salió de la estancia, se encontró de bruces con la cara preocupada de Pablo. Ella levantó la mano para tranquilizarlo.  

Volvieron a la cocina y Elena comprobó que él ya había puesto la mesa.  

Ella se sentó en la silla y se quedó mirando los cubiertos en silencio. Su boca era una fina línea. Pablo se acercó por detrás y le tocó los hombros.  

  • Oye, ¿estás bien? Te ha cambiado la cara cuando he abierto el armario.  
  • No… es solo que, me ha dado un pequeño mareo. Hace mucho calor aquí.  
  • Ya. Mira – Pablo se sentó frente a ella – igual has visto la taza. La compré. Ya se que me dijiste que no hacía falta, pero quise tener ese detalle.  

Él le tocó ligeramente la mano mientras la miraba a los ojos.  

  • Si quieres la puedo devolver.  

Los ojos de Pablo estaban abiertos y su sonrisa, ligeramente inclinada hacia abajo. Estaba un poco encorvado.  

Elena se mordió el labio. Se acercó y lo besó suavemente. Sus bocas empezaron a buscarse, despacio. 

Elena se levantó y lo sujetó del brazo para que la imitara. Lo rodeó por el cuello y lo abrazó con fuerza. Una imagen cruzó fugazmente su mente.  

Los labios de Manu y sus manos reptando por su cuerpo. Sintió la calidez en las piernas. Tuvo que separar un segundo su cara de la de Pablo.  

Miró a aquel hombre y respiró. Las manos de él empezaron a reptar por su pecho. Bajaron hasta la falda y empezaron a subir por sus muslos.  

  • Me parece que vamos a empezar por el postre – dijo él con una mirada de deseo. 
  • Tenemos el pollo en el horno. 

Elena se separó un poco del cuerpo de Pablo y miró el electrodoméstico en marcha. Él la abrazó por detrás. 

Con un movimiento lento, bajó un poco la temperatura. Mientras le besaba el cuello, le dijo al oído: 

  • Aún le queda un rato.  

Ella giró la cabeza y continuó besándolo. Sintió como su cuerpo se iba relajando y el ardor iba recorriéndola de arriba a abajo.  

Se fueron a la habitación y dejaron apagaron la luz de la cocina. Lo único que iluminaba la estancia era el horno caliente cocinando su cena. 

Sobre aquel colchón, Elena dejó de pensar en el verano por un rato. 

Jueves, 7 de agosto del 2025 

Aquella tarde, cuando el último vecino abandonó la piscina, el silencio cayó sobre el recinto como una complicidad inesperada. 

El agua seguía templada. 

Elena y Manu permanecieron unos segundos quietos, sumergidos hasta la cintura, mirándose. 

  • Tengo muchísima hambre —dijo ella, apartándose un mechón mojado de la cara – Deberíamos irnos. 

Manu sonrió. 

  • Deberíamos. 

Pero no se movió. 

Se acercó despacio y le rozó la cintura bajo el agua. Elena notó cómo se le aceleraba el pulso. 

  • Aunque podríamos quedarnos un minuto más. 

Ella soltó una pequeña risa nerviosa. Cuando él la besó, lo hizo con calma. Como pidiendo permiso para entrar aun sabiendo que tenía la puerta abierta. 

Las manos de Manu recorrieron su espalda mojada. Elena respondió rodeándole el cuello, dejando que todo lo demás desapareciera. 

Entonces se escuchó el ruido metálico de unas llaves. Los dos se separaron de golpe. 

  • ¿Hay alguien ahí? Voy a cerrar. 

La voz del conserje les atravesó como una descarga. Se miraron apenas un segundo ante de salir disparados del agua. 

Recogieron las toallas atropelladamente, conteniendo la risa, y echaron a correr. 

El ascensor se cerró justo cuando alcanzaron a entrar. Durante unos segundos permanecieron en silencio, jadeando. 

Y entonces empezaron a reír. Primero una risa contenida. Después una carcajada limpia, descontrolada, que los dobló sobre sí mismos.  

Sábado, 7 de marzo del 2026 

Elena y Pablo yacían tumbados en la cama. El uno en frente del otro, se miraban con una sonrisa.  

Él cogió su mano izquierda y puso la suya encima. Empezó a tocarle los dedos, suavemente mientras observaba fijamente la extremidad.  

Sin mirarla, añadió:  

  • ¿Sabes qué? Esto me gusta. 

Elena también sonrió. Durante un instante todo parecía sencillo. Pablo se giró hacia ella. Bajó la vista un segundo.  

  • No se. Todo esto me encanta. Poder invitarte a mi casa, ver una película, tomar un vinito y cenar tranquilos. Ir conociéndote cada vez más.  

Tras escuchar esto, una ligereza que hacía tiempo que no experimentaba apareció en su cuerpo. Deseaba aquello. No tener que medir las palabras, los actos. No tener que vigilar su intensidad. 

Mientras él le besaba en el cuello, Elena sintió como si se estuviera elevando. La habitación estaba en completo silencio salvo por la respiración tranquila de ambos.  

El bolso de ella estaba tirado en el suelo, abierto.  

De repente, su corazón dio un vuelco. Le pareció escuchar una vibración larga. Manu.  

Tuvo el impulso de levantarse a mirar, pero se quedó tumbada. Empezó a notar un cosquilleo incómodo en sus piernas.  

Se movió en la cama y quedó de espaldas a Pablo. Él la abrazó por detrás y empezó a besarle la nuca suavemente.  

Elena quedó mirando al frente, con los ojos abiertos de par en par. Había un calendario de mesa.  

Pablo continuó besándola. Sus manos empezaron a tocar su cintura. 

La hoja estaba aún en el mes anterior. Elena frunció el ceño. 

Él continuó acariciándola por los muslos.  

Ella se revolvió ligeramente. Había una fecha marcada en febrero. Un comentario “cita médica”. 

Los labios de Pablo iban bajando por su espalda.  

Elena hizo memoria. ¿Cuándo fue la última vez que ella acudió al médico? 

El brazo de él la giró suavemente sobre la cama. Elena se quedó mirándole, sorprendida. Pablo se quedó quieto y bajó relajó su extremidad.  

Su sonrisa se suavizó hasta quedarse en una mueca ladeada. Ella carraspeó. Los dos quedaron unos segundos en silencio.  

Pablo miró el reloj de su mesilla.  

  • Supongo que el pollo ya estará. 

Él se levantó como un resorte y se vistió rápidamente. Se puso los pantalones que quedaron desabrochados. La camisa, a medio abotonar. 

Ella se quedó boca arriba tendida en el suelo. Respiró hondo y recordó la vibración de su teléfono.  

Un calor extraño le subía por los brazos. Miraba de reojo el bulto negro mientras intentaba acompasar su respiración. 

Desde la cocina, la voz de Pablo le avisaba de que ya estaba el pollo. Ella se incorporó y le dijo que iba enseguida.  

Se puso la ropa interior. Caminó agachada y agarró su bolso. Cuando estaba a punto de abrirlo, una voz entusiasmada la sorprendió. 

  • ¡Huele riquísimo! Además, tengo una sorpresa para ti. 

Ella se quedó un instante con la vista fija en el umbral de la puerta. Bajó la mirada hasta la pantalla del teléfono —A la mierda, ahora me toca disfrutar a mí — se dijo con rabia, antes de dejar el bolso en el suelo. 

Se puso en pie y se vistió rápidamente. Fue hasta la cocina apagando la luz de la habitación.  

La cremallera quedó abierta. 

Elena entró a la cocina. El pollo desprendía un olor delicioso a especias y limón. Elena se inclinó ligeramente para disfrutar de aquel aroma.  

  • Huele increíble – Elena levantó la cabeza y se dirigió directamente a Pablo – Se me está haciendo la boca agua.  
  • Es una receta de mi madre. Pero no se lo digas, que luego se lo cree demasiado. 

Elena miró la expresión de orgullo de Pablo. Ella merecía aquello. Sintió de nuevo esa calidez en su pecho.  

Soltó una pequeña risa. Él dio un rodeo y se puso a su espalda. Cogió la silla y la movió ofreciéndole asiento. Por supuesto que lo merecía. 

En cuanto Elena se sentó, Pablo encendió dos velas que estaban sobre la cocina. Ella miró instintivamente hacia la lámpara del techo.  

  • No te preocupes, no voy a apagar la luz del todo. Que, si no, no vamos a ver nada.  

En cuanto prendió el fuego, se giró a la encimera y cogió una botella de vino. Elena la observó un segundo mientras Pablo la traía hasta la mesa. 

El tapón, de color dorado y la etiqueta blanca con toques también dorados le llamaron la atención.  

No pudo leer bien la marca pues él la tenía envuelta con un trapo. La había sacado hacía un rato del frigorífico y estaba goteando. 

Pablo llenó su copa con cuidado.  

  • No me pongas mucho que luego tengo que ir a casa. He venido conduciendo. 
  • Puedes quedarte aquí a dormir, si quieres.  

Ambos quedaron en silencio. Elena bebió un sorbo y respiró. Sonrió a Pablo y le acarició la mano cuidadosamente mientras éste se servía de la botella. 

  • Es que mañana temprano he quedado con mi amiga Paula para desayunar. Ya sabes que vive lejos de aquí. Tendría que levantarme pronto. 

Una punzada de culpabilidad apareció en su vientre. Se quedó pensativa y al instante, añadió. 

  • Pero mira, la semana que viene, el día que tú quieras, me traigo el ordenador, paso la noche contigo y luego trabajo desde tu casa ¿qué te parece? 

Los hombros de Pablo se relajaron y sus ojos parecieron iluminarse de repente. 

  • Pues ¿qué me va a parecer? Que eres bienvenida siempre que quieras.  

Los dos se rieron. Elena soltó el aire que había quedado retenido en sus pulmones. Saboreó otro trago del caldo. 

  • Mmm por cierto, está buenísimo. ¿qué vino es? 

Pablo puso la botella sobre la mesa y quitó el trapo. 

Elena se quedó observando la etiqueta. Entrecerró los ojos. Algo se le cerró por dentro mientras leía lentamente el nombre de la bodega. 

Jueves, 4 de septiembre del 2025 

La botella de Marqués de Riscal reposaba sobre la mesa de la terraza. Aquella tarde de finales de verano, Elena y Manu quedaron para tomar algo.  

Al día siguiente, ambos tenían fiesta y decidieron alargar la jornada. 

El atardecer caía sobre ellos y el frescor de septiembre se notaba en el ambiente. Elena se puso una chaqueta fina de color granate.  

Manu en cambio, estaba vestido con unos pantalones cortos anchos y una camiseta fresca de deporte. El color negro de la prenda contrastaba con los pantalones azul claro y la camisa blanca de Elena. 

Ambos llenaron las copas hasta arriba y brindaron.  

  • Que todas las tardes de jueves esté siempre tan bien acompañada.  

Manu sonrió, aunque la expresión no llegó a sus ojos. Bajó la vista hacia la copa antes de carraspear. Elena dio un sorbo mientras mantenía sus ojos fijos en él, buscándole con la mirada.  

Empezó a juguetear con los dedos de la mano que tenía libre. Tras unos segundos, Manu la miró y elevó de nuevo la copa. 

  • ¡Está buenísimo! Creo que voy a pedir otra.  
  • No te pases, que luego tienes que conducir. 
  • Pues nos quedamos a dormir en mi coche. Ya sabes que tengo un buen colchón detrás. 

Él le guiño un ojo y ella sonrió. Su mano se relajó y quedó extendida sobre la mesa. Cuando iba a comenzar a hablar, le vino un bostezo. 

  • Madre mía Elenita. Si que estás cansada. ¿Andas de citas nocturnas y no me he enterado? 

Manu se recostó sobre la silla y se rio de manera socarrona. A ella solo le salió una breve sonrisa nerviosa.  

Cogió entre sus manos un sobre de azúcar que había utilizado antes para su café y empezó a trocearlo en partes muy pequeñas.   

De fondo, Manu le hablaba sobre el último proyecto que le habían mandado en el trabajo.  

Ella seguía atenta a que cada fragmento que rompía tuviera el mismo tamaño que el anterior. 

Levantó sus ojos un instante y vio como él seguia hablando. Haciendo gestos con las manos y negando con la cabeza. Ella solo podía ver su boca moverse. 

Respiró hondo y aquella exaración retumbó en sus oídos. Sus manos, ligeramente temblorosas, seguían con el sobre de azúcar del que no quedaban ya más que restos diminutos. 

De repente, sintió el tacto de unos dedos en su brazo izquierdo. Dio un respingo. Vio a Manu con una expresión de extrañeza. 

  • ¿Me estás escuchando? 
  • ¿Eh? Si, perdona. El cansancio, ya sabes. 
  • Te decía que si quieres que cenemos algo aquí. Antes me habías dicho que tenías hambre. 

Elena notó su estómago completamente cerrado. Levantó una mano y le dijo a Manu: 

  • No. La verdad es que ya no me apetece.  

Manu levantó las cejas y cerró la boca. Quedó así unos segundos.  

Volvió a levantar la copa y la acercó a la de Elena. Ella cogió la suya con la punta de los dedos y la chocó sin fuerzas. 

La dejó sobre la mesa sin beber.  

Sábado, 7 de marzo del 2026 

Elena dejó la copa sobre la mesa con más fuerza de la debida.  

Volvió a mirar la botella y, sin saber bien por qué, le dio la vuelta. 

Cogió el vaso de agua y, de un sorbo, se bebió todo el contenido.  

  • ¡Qué sed tenías! Puedes servirte más. La jarra está en la encimera.  

Ella se levantó, despacio. Cogió la jarra entre sus manos y mientras caminaba hacia la mesa, vio a Pablo de espaldas partiendo el pollo.  

Sonrió y se acercó a su espalda. Lo besó en la nuca. Él se giró para corresponderla y señaló el pollo.  

  • ¿Prefieres muslo o pechuga? 

Le sirvió un trozo de pechuga y puso un pequeño bol con una salsa. Elena probó el primer bocado. Cerró los ojos mientras saboreaba el alimento.  

  • Vale, esto está demasiado rico —dijo levantando la mirada. 

Pablo la observaba con una mezcla de orgullo y ternura.  

  • Me alegra mucho que te guste. 

Él alargó la mano para coger el pan y, casi sin darse cuenta, dejó un pequeño trozo en el plato de ella. 

  • Toma, que seguro que te gusta mojar en la salsa. 

Elena se quedó mirando ese gesto un segundo. Algo pequeño. Sintió una extraña mezcla de calidez y vértigo. 


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