Distancia («Te refugiarás en mi tormenta» capítulo 8)

8–11 minutos

Manu dio un trago a la cerveza fría. El tacto helado le recordó al frío del móvil pegado a su oreja aquella mañana…

La llamada de su madre. Lo había desestabilizado completamente. Todo había comenzado como siempre. Una conversación cotidiana, hasta que notó ese ligero temblor en la voz de su madre. Un nerviosismo poco habitual.

  • Hola mamá ¿qué tal va todo?
  • Pues… bien. Todo como siempre. Aquí estamos tu padre y yo. Ya sabes. Lo tengo tumbado en el sofá que está un poco… cansado.

Esa pausa activó las alarmas. Algo no iba bien.

  • Te noto nerviosa. ¿Estás bien?
  • Si, hijo. No pasa nada. Esta aquí tu hermana con nosotros.

Aquel punto lo terminó de descolocar del todo. Su hermana vivía a kilómetros de ellos. Si Marta estaba allí un sábado, algo ocurría. Manu apretó el teléfono hasta que le crujieron los nudillos.

  • Marta está ahí —soltó Manu, dejando que el nombre de su hermana pesara en el aire como una acusación—. ¿Desde cuándo ella viene de sorpresa, mamá?
  • Solo… es que quería hacernos una visita.
  • Mamá, no soy tonto. ¿Qué sucede?
  • Nada hijo. Que no quiero que te preocupes.
  • Diciéndome eso es como más me preocupas. ¿Dónde está papá? Ponme con él.

Silencio. La voz lejana de su hermana pronunciando algo ininteligible. Un ruido molesto al teléfono y, de repente, la voz de su hermana Marta. Manu se levantó del sofá y empezó a caminar por el salón.

  • Déjate de saludos, Marta. ¿QUÉ PASA?

Otro silencio. Duda. Temblor en la voz.

  • A ver… no queremos que te preocupes ¿vale? – un suspiro potente de su hermana llenó la línea – esta mañana le ha dado un infarto a papá.
  • ¿¿CÓMO?? ¿Está bien? ¿Qué ha pasado?
  • Tranquilo. Papá está bien. Está aquí descansando. Le han visto en urgencias. Ha sido leve.
  • ¿Cómo que leve? ¡¡Ha sido un infarto!!

Su hermana volvió a suspirar al otro lado de la línea. Era sencillo para ella. Estaba ahí con ellos. Manu se rascaba sin pausa la cabeza y no paraba de caminar en círculos por toda la sala. Su mirada iba saltando de un objeto a otro y leía los rótulos de la tele de manera compulsiva. Trató de concentrarse en sus pies pisando el duro suelo de la casa.

  • Ha tenido suerte, Manu. El susto ha sido grande, pero el motor ha aguantado. Ahora toca ir despacio. Nada de esfuerzos, una vida de jubilado de verdad. No se nos va a ir todavía, ¿me oyes? Está descansando.

Manu se sentó. El peso del estómago aflojó un poco. Se revolvió el pelo y miró al suelo fijamente.

  • La semana que viene cojo unos días libres y voy para allá.
  • No hace falta Manu. Papá está bien cuidado.

Manu vivía a casi trescientos kilómetros de ellos. No era tanto… pero en ese momento se sentía muy lejos.

  • Además – continuó Marta – ¿tú no ibas a venir a finales de mes? No hace falta que adelantes los vuelos ni modifiques vacaciones. En tres semanas nos vemos. No es tanto tiempo.

Aquella conversación seguía resonando horas después. Cada vez que la recordaba, el temblor volvía a sus manos. Consultó la hora en el móvil. Las 20.49. El cansancio pesaba tras la tarde patinando con Christine. Ella se había ido a su casa a ducharse y él la esperaba en la terraza. Después, irían a cenar con el grupo.

Volvió a mirar la hora. Las 20.50.

Christine aun iba a tardar más de media hora en llegar. El silencio se arremolinaba en su boca como palabras que querían salir. Desahogarse. Que alguien lo mirara y le dijera que todo iba a salir bien.

Notó su uña partiéndose en su boca tras un rato mordiéndola. Cogió el móvil y con un movimiento rápido entró a la aplicación de mensajería. Se quedó un instante mirando su foto de perfil. Entró en el chat de Elena.

  • ¡Ey! ¿Cómo vas? ¿Qué plan para el sabadete?

Justo debajo su nombre apareció al momento la frase de «en línea». Ella empezó a escribir. No tardó en recibir respuesta.

  • Holaaa. Puesss hoy me sacan a cenar por ahí… – Elena parecía emocionada. Seguramente lo estaba.

Manu leyó el plural y los visualizó a los dos. El maldito Pablito. Bloqueó la pantalla antes de que el «en línea» se convirtiera en un cuchillo.

Cerró de golpe la aplicación y se metió el móvil al bolsillo. Apretó tanto el aparato contra su mano que sintió un dolor leve en la palma de su mano. Al momento se arrepintió y pensó que sería mejor idea contestarle con ligereza. Al fin y al cabo ella tenía todo el derecho del mundo a salir con quien quisiera. Y, aunque le molestara, sabía que Pablo era bueno para ella.

  • Bueno, pásalo bien entonces, guapísima 😉 – puso intencionadamente aquel guiño para parecer más despreocupado. Sus manos rojas decían lo contrario – Yo vengo de patinar y ahora también iré a cenar por ahí. Luego tal vez salga un rato con el grupo de amigos a tomar algo. Ya te molestaré un poco jejeje

Un nuevo mensaje de Elena. Al momento.

  • ¡Oye! A ver si voy a tener que ponerte una orden de alejamiento, eh. Venga, que seguro que te están esperando. ¡Hasta luego!

Y entonces, simplemente se desconectó de la conversación.

La imagen de Elena dolió. Tal vez debería retirarse y dejar que ella hiciera su vida tranquila. Durante un instante dejó que esa idea se quedara en su cabeza, pero la apartó al ver, en el horizonte de la calle, a Christine acercándose.

Su pelo corto y su sonrisa despreocupada llamaban la atención incluso entre la gente que pasaba.

Cuando lo vio, levantó la mano para saludarlo. Manu le devolvió el gesto mientras daba otro trago a su cerveza, que ya se había quedado templada.

Christine llegó hasta él y le dio un pequeño toque en el hombro.

  • Uf, cómo hueles a sudor, ¿no? Menudo guarro.

Manu no había pasado por su casa. Aquellas cuatro paredes se le caían encima y había preferido quedarse por allí, tomando el aire. El olor a sudor era simplemente el precio de haber estado fuera, tranquilo, sin pensar demasiado.

  • Pues ya sabes —dijo—, entonces no te puedes acercar mucho a mí.

Christine se acercó igualmente y le dio un beso ligero.

Cuando estuvo cerca, confirmó lo evidente: sí, olía bastante a sudor. Pero también notó algo más. Manu tenía los hombros ligeramente tensos y la sonrisa un poco más apagada de lo habitual, como si la tarde no le hubiera dejado tan tranquilo como parecía.

Durante un instante pensó en preguntarle si todo iba bien, pero decidió no hacerlo. En lugar de eso, le dio otro pequeño golpe en el hombro y se dejó caer en la silla frente a él.

Christine quiso tomarse una cerveza fresca y aprovechó para pedirle otra a su amigo. Cuando el camarero trajo las bebidas, ella propuso un brindis. Manu chocó desganado la botella.

Un silencio algo denso se creó entre ellos. Él esquivaba la mirada y carraspeó incómodo. Cuando volvió a fijar la mirada en Christine, suspiró.

  • Hoy ha sido un día raro…
  • ¿Raro cómo? ¡Si me has ganado en la carrera!

La risa de la chica sonó sincera. Divertida. Parecía relajada.
Pero su mirada nerviosa hacia el cielo decía lo contrario.

Christine no respondió. Miraba al horizonte con el mismo peso que recordaba de los días de hospital de su madre, un año atrás. Esperando noticias en un pasillo de oncología.

Le habían detectado un tumor. En el pulmón derecho. Nunca había fumado. No había conocido a una persona con hábitos más saludables que ella. Y ahí estaba. Una enfermedad grave creciendo en su cuerpo. Devorándola.

La primera parte del tratamiento tras la operación fue bien. Parecía que su cuerpo respondía correctamente al tratamiento. Pero tras varias pruebas se confirmó lo peor. Había metástasis. Ahora, su madre era una sombra de lo que había sido. Pesaba 35 kilos menos y su salud se desgastaba a un ritmo vertiginoso. Aquel había sido uno de los motivos que la habían llevado a irse de su país. No soportaba ver el sufrimiento de la mujer que la había criado y visto crecer.

Christine sintió un pequeño nudo en el estómago al recordarla. Una nausea. Últimamente cualquier conversación que oliera a preocupación le abría un agujero por dentro. Y Manu tenía cara de preocupado.

Un dolor sordo se había instalado en su interior. Cuando miraba a Manu sentía que tenía algo que compartir con ella. Y Christine no podía asumir el peso de otra persona sin quebrarse por dentro.

Siempre había escuchado que el humor era el bálsamo para el alma. Christine sabía que Manu tenía algo que decir. Pero no podía cargar con otra preocupación más.

En vez de eso, le dio un ligero codazo. Con media sonrisa le dijo:

  • Pareces la alegría de la huerta. A ver si animas esa cara. O voy a tener que darte una paliza en la siguiente carrera. Encima que esta vez te dejo ganar…

Manu la miró. Su ceño fruncido reveló una ligera sensación de hastío. No sabía exactamente si aquella mujer había ignorado sus expresiones o directamente estaba cerrada a hablar con él de algo que no fuera el patinaje o los memes que había visto en Instagram.

En cualquier caso, un pensamiento fugaz pasó por su mente No es aquí. No era allí donde podía abrirse. Donde podría desahogar aquella desazón que tenía en su pecho.

Miró entonces su móvil, nervioso. Vio la hora. Habían quedado con el grupo de amigos para cenar. Manu sintió que no era aquel el lugar donde quería estar. No en ese momento.

  • Oye… creo que no voy a cenar hoy. Me ha sentado mal algo. ¿Avisas a los demás de mi parte?
  • ¿Seguro? ¿No será la cerveza? – la chica se rio y le guiñó un ojo.

Lo que en otro momento hubiera sido una broma entre ambos, un momento para reírse y relajarse, en aquel instante se sentía completamente impostado. Forzado.

Manu se levantó con media sonrisa y se despidió. Un abrazo. Ni siquiera tuvo ganas de darle un beso rápido en los labios.

Ambos eran conscientes de la atmosfera pesada que se había generado entre ellos. Se separaron y cada uno siguió su camino.

Pero antes de perderlo de vista, a Christine le invadió una sensación pegajosa al ver a Manu alejándose. Se dijo que tal vez podía haber hecho más. Quizá. Que aquel hombre la necesitaba esta noche.

Lo vio detenerse unos metros más allá.
Sacó el móvil.
Se quedó quieto antes de empezar a escribir.

No necesitó ver la pantalla para saber a quién.

Durante un segundo pensó en ir hacia él. Abrazarlo y contenerlo.

Pero no lo hizo.

Se dio la vuelta.

Y mientras caminaba en dirección contraria, un nombre le atravesó la cabeza.

Elena.


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