Sábado por la noche
A Elena le dio un pequeño vuelco al corazón cuando escuchó sonar el móvil por segunda vez. Pablo le sirvió una copa de vino y brindó con ella.
Cuando terminaron de beber, se fue a la cocina para recoger. Mientras Pablo limpiaba aprovechó para mirar de reojo. Puso el teléfono en silencio y vio los mensajes de Manu.
Hacía varias horas le había enviado un par. Recordó entonces aquel sonido mientras estaba abrazada a Pablo en la cama. Había sido él. Ahora le había escrito otro dos.
Hola Elena. Perdona, me imagino que estarás con… Solo quería hablar un poco. No te molesto – 21.20.
Los siguientes mensajes eran de hacía apenas unos minutos.
Supongo que seguirás en la cita.
Bueno, pásalo bien.
Elena los releyó con extrañeza. Levantó la vista disimuladamente. Pablo seguía en la cocina, con los cacharros. Volvió a mirar la pantalla y escribió.
Hola, Manu. ¿Qué haces? Sigo aquí, pero cuéntame…
La respuesta no se hizo esperar.
No te quiero molestar, de verdad. Disfruta de tu cita con él.
Elena suspiró con suavidad y volvió a escribir.
A ver… que tengo un momento, precioso. Ahora está en la cocina y puedo hacerte caso. ¿Qué te pasa?
Manu miraba la pantalla dudando. Necesitaba escribirle. Contarle que se sentía preocupado por su padre. Dudo. No era el momento. Ella estaba con Pablo.
Pero un rápido pensamiento cruzó su cabeza y le dio cierto alivio. Podría escribirle como amigo. Solo contarle aquello. Creía que con que ella lo supiera bastaba. Que alguien compartiera su preocupación. Sentirse sostenido, aunque fuera solo por un instante.
Empezó a escribir. El contacto de Elena estaba en línea. Los mensajes que él le enviaba se marcaban automáticamente como leídos. Ella estaba ahí. Al otro lado de la pantalla. Como él.
Los dos mirando la misma conversación.
Pablo estaba fregando los platos en la cocina. De vez en cuando levantaba la mirada hacia ella, como comprobando que estaba cómoda.
- ¿Te traigo un vaso de agua? —preguntó desde el fregadero.
Elena masculló una negativa, sin levantar la vista. Seguía escribiendo mientras Pablo y ella permanecían en silencio. El ambiente entre ellos era cálido, aunque ligeramente extraño. Él decidió hablar.
- Oye, ¿te ha gustado el postre?
Acababa de servirle una porción de tarta de queso que había preparado esa misma tarde.
- ¿Eh? Si, si… Estaba buenísima
Elena apenas despegó un segundo la cabeza del móvil. Lo tenía ligeramente escondido bajo la mesa. Desde donde estaba, Pablo no podía verla teclear, pero prefirió ser prudente.
Los mensajes con Manu se sucedían uno tras otro. Ella le preguntó por su padre. Releyó el mensaje que estaba a punto de enviar.
Ya sabes que si necesitas hablar, cuando sea, aquí está tu Elena de confianza.
Silencio. Manu sonrió mirando la pantalla. Después de unos segundos, respondió.
Me encantas.
En ese momento, Pablo apareció desde la cocina y Elena dio un pequeño respingo. La vio mirando algo por debajo de la mesa y supo enseguida que era el móvil. Una sensación extraña recorrió su espalda.
Pablo se secó las manos con un paño y la observó un segundo más de lo normal. Después sonrió, como restándole importancia. Ella dejó el dispositivo encima de la mesa en cuanto sintió su presencia.
Pablo miró el teléfono y Elena apartó la vista. Un breve silencio se estableció entre los dos.
Domingo de madrugada
Elena llegó a casa. Estaba cansada, pero subió casi corriendo. Nada más cerrar la puerta se quitó los zapatos, que quedaron tirados por el suelo. El abrigo cayó sobre el sofá mientras ella ya miraba la pantalla del móvil.
Hola guapo. ¿Sigues ahí?
Manu se conectó enseguida. Leyó el mensaje y respondió.
Presente. Tu chico al aparato.
Elena sonrió al leer esto último. Sintió un pequeño alivio al poder hablar con él sin tener que esconder el móvil. De repente, un mensaje de Pablo llegó. Le confesaba lo bien que lo había pasado aquella noche con ella y le deseaba buenas noches. Cerró la notificación sin abrirla.
¿Ya estás en la cama?
Manu empezó a escribir. Un mensaje. Luego otro. Y otro más. Con cada frase parecía respirar un poco mejor.
Elena le envió un sticker de un ciervo junto con una pequeña broma. Le recordaba el susto que se habían llevado una noche cuando habían visto a un ciervo pasando delante de ellos.
Manu alternaba mensajes. Bromas y confesiones.
M: Estoy pensando en irme la semana que viene a casa con mis padres. Quiero cuidar de él.
E: Pero, ¿tú no te ibas en tres semanas?
M: Si. Pero creo que necesito mover las vacaciones y estar con ellos. Aunque sea un par de días. Te escribiré desde allí.
M: Podemos hacer alguna videollamada si te apetece. Así te enseño mi habitación. La que tenía cuando era pequeño.
Miraba el móvil con un gesto tierno. Le encantaba la idea de poder conocer un poco más de Manu. Del lugar donde había pasado la infancia.
También le parecía juguetona la idea. Miró hacia arriba y un media sonrisa apareció en su cara justo antes de escribir el siguiente mensaje.
E: Entonces tendré que portarme bien en la videollamada.
Ambos, se intercambiaban mensajes uno detrás de otro. Cuando Elena levantó la vista del móvil, habían pasado varias horas.
Finalmente, dejó de responder. Se había quedado dormida con el móvil apoyado sobre el rostro.
Al otro lado de la pantalla, Manu vio que ella había se había desconectado. Pensaba que se había dormida. Sonrió. Eran las 3.36 de la mañana.
Domingo por la tarde
La notificación de una aplicación de juegos resonó en el móvil de Elena. Había recibido una invitación para jugar de manera cooperativa. Sonrió al ver quién se la había enviado.
Tras responder rápidamente el mensaje de Pablo de la noche anterior, se sentó cómodamente en el sofá y aceptó la invitación del juego. Se había caducado.
Entró a la conversación con Manu rápidamente y volvió a reeler algunos de los mensajes de la noche anterior. Esperaba que se encontrara mejor.
E: Oye, mándame de nuevo la invitación al juego
Cinco minutos más tarde Manu le contestó a través de la aplicación de juegos. Le enviaba otra invitación.
M: Te mando. Me has animado a jugar. Aunque la otra que te he enviado ha sido por equivocación
E: Jajajaja todo abuelo, ahí ¿eh?
Elena pataleó de la risa. Abrió el juego y ambos empezaron la partida. El juego consistía en ir prestándose ingredientes que tenían que coleccionar. Cuando uno de los dos necesitaba algo, enviaba un mensaje y éste aparecía en medio de la pantalla.
Necesito pastel – mandó Elena
Claro, amorcito. Toma, tu pastelito – la respuesta de Manu pasaba por la pantalla.
Elena se mordió el labio de emoción cuando vio aquel «amorcito». Una sensación de calidez, confianza y cariño la invadió por dentro.
El juego los tuvo absortos varios minutos. Estaban intentando completar juntos el nivel. Manu tuvo algún SOS (cuando no podías hacer nada más en el juego y tenías que esperar a que tu compañero te echara una mano) y Elena completó la dificultad para ayudarlo.
E: Menos mal que estoy yo aquí
Ella le contestó a través de la aplicación de mensajería. No habían conseguido completar el nivel pero se habían quedado muy cerca. A un 85%.
M: Si. No se que haría yo sin ti. nena. Te dejo, voy a llamar a mi madre.
Elena le mandó un sticker de un beso y le pidió que le contara las noticias que le iban dando.
Antes de hacer la llamada, Manu sacó un pantallazo a la aplicación del juego. Había conseguido batir un récord. Se lo envió a Christine para «picarla» un poco.
El móvil de Christine sonó mientras ella merendaba. Estaba en casa de una amiga. La pantalla se iluminó y comprobó que el mensaje era de Manu. Le mandaba un pantallazo del juego «Hazme la compra».
El texto que acompañaba a la imagen era sencillo. En todo de broma.
M: He conseguido llegar al 85%. A ver si me superas 😉
En la imagen aparecían dos nombres de usuario: Manucito89. Christine solo pudo fijarse en uno de ellos: Elenita88
Lunes por la mañana
El trabajo se acumulaba. Aquella mañana había llegado pronto para adelantar trabajo. Mientras tomaba un café de máquina con una compañera, su móvil vibró en su mano.
- Buenos días bonita. ¿Mañana podemos vernos? Me apetece enseñarte un sitio.
Elena sonrió al mirar la pantalla. Era una sonrisa cálida pero contenida. Casi ensayada. El nombre que aparecía en la aplicación le provocó una sensación extraña. Ilusión mezclada con cierta pereza.
Contestó rápidamente a Pablo.
- Me parece bien. Podemos quedar a las 5. ¿Me pasas a buscar? Te dejo que estoy con mucho curro.
Pablo reaccionó con un corazón a su mensaje. Elena lo observó un segundo y volvió a levantar la mirada hacia su compañera, que seguía hablándole de los correos que se habían acumulado durante el fin de semana.
Otra vibración. Elena desvió la vista de inmediato. Era un sonido diferente.
La compañera siguió hablando unos segundos más hasta que se dio cuenta de que Elena ya no estaba escuchando. Le hizo un gesto rápido antes de entrar en la oficina.
Holaaaaaaa. ¿Cómo ha dormido la jugadora más top de todos los tiempos?
Le sacó una foto al café de máquina y la envió.
Pues te cuento: este es mi segundo café del día. Tenemos más de cien correos en la bandeja de entrada y no nos da la vida. Pero todo bien.
Añadió un sticker de una chica sonriente mandando un beso.
Un momento después cambió el tono del mensaje.
¿Y tu padre?
La respuesta de Manu llegó enseguida. Su padre se estaba mejor. Su hermana Marta estaba allí con ellos, ayudando en casa. Por eso, al final, no iba a adelantar el viaje. Iría en tres semanas. Como tenía previsto.
Elena caminó por el pasillo del edificio mientras escuchaba el mensaje. Luego pulsó grabar.
Hola primor. ¡Me alegro mucho que tu padre se vaya encontrando mejor! Al final parece que todo se queda en un susto. Llámalos mucho ¿eh? A los padres hay que cuidarlos, ya sabes. Yo ahora voy a entrar a trabajar. Luego te mando otro mensajín cuando haga la pausa para el café. También tengo que contarte cosas. Está semana ando bastante libre, cuando quieras, nos vemos. Besoo
Bloqueó la pantalla. El móvil volvió a vibrar enseguida.
Manu había reaccionado al audio con un corazón. Elena dio un pequeño saltito de emoción casi imperceptible antes de guardar el teléfono en el bolsillo.
El corazón de Pablo seguía sin leer.
Martes por la tarde
Justo antes de salir de casa, Elena se miró al espejo. Llevaba unos pantalones vaqueros negros y una camiseta blanca lisa.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta que le hacía parecer más estilizada. Sin embargo, se dio cuenta que le habían crecido bastante las raíces y tenía que ir a la peluquería.
Pensó en hacerse la raya del ojo pero optó finalmente por ir con la cara lavada. Se puso unas zapatillas deportivas, cogió un bolso pequeño y salió de casa.
Cuando llegó a su portal, vio a Pablo con una sonrisa serena. Estaba de espaldas mirando el móvil. Se giró lentamente y la recorrió con la mirada de arriba a abajo. Media sonrisa pícara apareció en su rostro. Se acercó, le acaricio la cara. La miró fijamente de nuevo y la besó en la frente.
Ella le devolvió el beso y quedaron así, frente a frente un instante. Justo después, Pablo sacó un pequeño paquete envuelto con mimo.
En cuanto Elena vio lo que era miro a Pablo y abrió los ojos de par en par. Sonrió. Era una caja de bombones. Sus favoritos.
- ¡Ay! Muchas gracias Pablo. No tenías porque hacerlo.
Pablo la miró orgulloso y se encogió de hombros. Miró el reloj. Eran exactamente las 20.17. Tenían una reserva a las 20.30 en un restaurante de sushi.
- Tenemos que irnos. Si no, no llegaremos a tiempo.
- ¿Me vas a decir ya a dónde me vas a llevar a cenar?
- Ehhh… no. Es una sorpresa. Ya lo verás, preciosa.
El trayecto hasta el restaurante era corto. Aunque lo suficiente para que Elena quisiera mostrarle a Pablo la última canción que estaba escuchando.
- Vamos a bajar la música que tienes – puso el reproductor del coche en silencio -. Te voy a enseñar una canción que me ha encantado. Llevo días escuchándola en bucle.
Los primeros acordes de la canción Gabriella de Katseye retumbaron a todo volumen en el coche.
Cuando la canción estaba empezando un mensaje llegó a su Instagram. Un reels de Manu. Lo dejó sin leer aunque bajó la barra de notificaciones con curiosidad. Quería saber de qué iba el vídeo que le había enviado.
No pudo ver gran cosa y decidió cerrarla. La canción seguía sonando.
Tras un minuto, Pablo le apartó el móvil a modo de broma.
- Entiendo que te guste. Es tu rollo. A mí… no me acaba de convencer mucho. Pero bueno, te tiene que gustar a tí claro.
Pablo aprovechó un semáforo en rojo para poner la mano sobre el reproductor de su coche. Elena entendió al momento el gesto y apagó la música de su móvil. Desvío la mirada hacia la calle. Tras unos segundos de silencio él le puso la mano, cariñosamente sobre su rodilla.
- Seguro que para la próxima me traes una canción que nos pueda gustar a los dos. Tu puedes, princesa.
Ella tuvo que contener una expresión de desdén en su rostro cuando se giró a mirarle. Puso su mano encima de la de él y sonrió, comprensiva. Era solo una canción.
Elena y Pablo caminaban tranquilos por la calle. Ella le agarraba del brazo y caminaba a la par. Aún quedaban unos minutos para llegar al restaurante.
Su cara de asqueo acompañaba la temática de la conversación. Pablo esperó a que ella le explicara el nuevo procedimiento a realizar en el departamento. Después, paró en seco y le mostró el lugar donde iban a ir a comer. Lo señaló con la mano.
La reacción de Elena no se hizo esperar. Dio un pequeño salto de emoción y se abrazó al cuello de Pablo. Aquél lugar era uno de los mejores de la cuidad preparando comida japonesa.
Entraron al local y una camarera se acercó a ellos en tono amable. Pablo le dijo su nombre y la hora a la que tenían la reserva. Ella los acompañó hasta una mesa, al fondo del local.
En cuanto se sentaron, ambos empezaron a mirar ansiosos la carta. Tras pensar un poco se decidieron por varios platos de sushi y ramen.
Pablo se levantó tras pedir. Le tocó la cara a Elena y la besó suavemente.
- Voy al baño. Ahora mismo vengo.
En cuanto perdió de vista al chico, Elena sacó rápidamente el móvil. Miró con curiosidad el reels que le había enviado Manu unos minutos atras.
El video era de humor y funcionaba muy bien. Una pareja que se disponía a ducharse junta estaba exponiéndose a diferentes temperaturas del agua.
Ella se pasaba el hielo por la cara y el aparecía mojándose el rostro con lo que aparentaba ser agua hirviendo.
Elena sonrió al ver aquel vídeo. Un pequeño flasback hizo que se mordiera el labio. Sus mejillas se encendieron levemente.
Manu y ella en la ducha de su casa. Besándose, tocandose y teniendo sexo apasionado.
Suspiró. Antes de retirar ese recuerdo de su mente, escribió en el chat. Luego lo borró. Se pasó un dedo por el labio, juguetona. Finalmente, lo envío.
Tú no te me has quejado nunca del agua cuando te has duchado conmigo 😏
Enviar.
La respuesta de Manu no se hizo esperar.
Ya sabes que me encanta ducharme… contigo 🔥
Elena se mordió el labio de nuevo al ver la respuesta de su amigo. De repente, oyó a Pablo volver y bloqueó el móvil con un movimiento rápido y torpe.
Éste se quedó mirándola un momento. Miró el dispositivo y luego desvío la vista a su rostro. Con su dedo índice, tocó levemente la mano en la que ella tenía el teléfono.
- Vamos nena. Deja ya el móvil. Últimamente siempre que te quedas un rato sola te pillo con él. Y a veces sin estar sola…
Elena sintió una pequeña punzada de rabia contenida. Miró a Pablo mientras fingía una sonrisa y guardo el dispositivo de manera brusca en el bolsillo.
Los dos se quedaron mirando un instante a la carta. Pablo la acarició y le dijo al oído, suavemente:
- Créeme que te lo vas a pasar mucho mejor sin el móvil. Te tengo otra sorpresa para el postre.
La expresión de Elena se suavizó y la presión con la que estaba agarrando la servilleta se aflojó. Un pequeño arañazo de culpa. ¿Realmente merecía aquella todo aquello?
El corazón le dio un vuelco. Miró de reojo la pantalla del móvil iluminada a través del bolsillo. Un nuevo mensaje.
Manu está con Christine. Le enseña el reels de la ducha y le dice que se lo mandó Elena. Le menciona que uno de los días que se ducharon juntos, la cosa acabó como acabó.
Miércoles por la tarde
Christine repasó mentalmente todo lo que debía llevar en el bolso.
Metió los patines, las rodilleras, el casco y todo lo necesario para aquella tarde. Justo antes de salir, se dio cuenta de que no llevaba la cartera. Fue corriendo hasta la habitación y la cogió. Suspiró. Últimamente tenía la cabeza en otro sitio.
La próxima visita a Paris la tenía desconcentrada. Ansiosa e intranquila.
Miró el reloj y comprobó con disgusto que, una vez más, llegaba tarde a su cita. Había quedado con Manu a las 17.30 y eran las 17.26.
Abrió la aplicación de mensajería y le mandó un mensaje breve a Manu. Le avisó de que se iba a retrasar. El chico le contestó con un seco «ok».
Diez minutos después se encontró con Manu en la plaza a la que siempre solían acudir. Lo primero que hicieron fue ponerse los patines y empezar a hacer los ejercicios de calentamiento.
Aquel día decidieron patinar a un ritmo suave. El uno al lado del otro, estaban concentrados en seguir avanzando con los patines. Manu cogió a Christine de la mano un instante.
- ¿Qué tal te ha ido la semana?
Ella le devolvió el gesto. Apretó su mano con suavidad y le tocó el brazo, afectuosa.
- Bien. Mucho trabajo en la tienda.
- Bueno, en unas semanas coges vacaciones. Y encima te vas a Paris. Yo también quiero esos viajes, eh.
Christine bajó la mirada, triste. En realidad, aquel viaje a Paris no era algo que ella deseara realizar. De hecho, preferiría seguir trabajando. Sabía que volver a su tierra, ver a su madre enferma y a su familia tal preocupada solo la iba a remover por dentro.
- Ya… aprovecharé y te traeré algo de allí. Por cierto, estamos patinando como abuelos. ¡Te echo una carrera!
Manu la miró intrigado. Notó una ligera incomodidad en su amiga cuando hablaba de Paris. Se anotó mentalmente preguntarle algún día por su familia. Pero no ahora.
Los dos amigos empezaron a correr con los patines. La meta era la fuente. Manu intentó agarrar a Christine cuando ésta lo sobrepasó pero fue en vano. De nuevo, ella ganaba.
Tras la caminata y la carrera, decicieron sentarse juntos en una terraza. Pidieron un frapee fresco. Manu se quedó sorprendido por la buena pinta que tenía aquel día su café. O eso le parecía a él.
Decidió sacarle una foto.
Christine le levantó para ir al baño. Momento que Manu aprovechó para abrir Instagram. Un amigo le había enviado una publicación sobre diseño gráfico y Inteligencia Artificial.
Antes de salir, volvió a abrir la sección de mensajes privados. Releyó el mensaje que le había mandado Elena el día anterior.
Tú no te me has quejado nunca del agua cuando te has duchado conmigo 😏
En aquel momento, Christine apareció por detrás. Se quedó mirando un instante el mensaje de Elena. Como una amiga cotilla.
- Uyyy menudos mensajes te mandan ¿No?
- Yaaa… Bueno. Era Elena. Me mandó un reels de una pareja que se ducha junta y, ya sabes, se acordó de una cosita.
Manu miró a Christine de manera juguetona. Un tanto orgulloso.
- Entiendo.
Se rió de manera pícara. Luego desvío la mirada y su expresión se volvió sería. Volvió a sonreír ligeramente mientras volvía a mirar a Manu.
- A mi también me encanta la ducha ¿sabes? Siempre podemos probar a ducharnos juntos.
Manu se recostó en la silla y abrió las piernas. Miró a Christine con una sonrisa mientras se acercaba a su oído.
- Yo es que soy más de cama.
Le guiñó un ojo y le dio un beso suave en los labios.
Christine recibió ese beso con una sonrisa. Al momento, agachó la mirada al suelo.
Miércoles por la noche
Elena estaba en casa cuando el móvil vibró. Mensaje de Manu. Le había enviado una foto.
Era un vaso alto con un frappé lleno de nata. La mesa era de madera clara y detrás se veía la barandilla de una terraza. El sol de la tarde todavía iluminaba la imagen.
Merienda de campeón
Elena sonrió.
- Qué envidia – escribió.
Pasó la foto un poco más despacio con el dedo.
Entonces lo vio.
Al fondo, en el borde inferior de la imagen, aparecía otro vaso. Otro frappé. Y junto a él, unas piernas cruzadas con unos patines apoyados en el suelo.
Elena se quedó mirando la pantalla. No necesitaba ver la cara. Sabía perfectamente quién era. Christine.
El móvil vibró otra vez.
Si quieres uno, mañana te puedo llevar al sitio donde los sirven. Están riquísimos.
Elena tardó unos segundos en responder.
El lunes le había comentado que podían verse cuando quisiera. Pero algo dentro de ella se había cerrado de golpe. Escribió despacio.
Mañana me va a ser complicado al final.
Envió el mensaje.
Manu respondió enseguida.
¡Ah! Pensé que ibas a estar libre.
Elena dejó el móvil sobre la mesa unos segundos antes de volver a cogerlo.
Sí… pero al final me han salido cosas.
Tres puntitos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Bueno. Otro día entonces.
Elena dejó el móvil boca abajo.
Manu se levantó despacio del sofá. Suspiró y dejó el móvil sobre la mesa de la cocina. Se sirvió un café. Lo calentó en el microondas.
Se apoyó despacio en la pared y cruzó los brazos. Volvió a coger el Instagram y abrió instintivamente el perfil de Elena. Vio sus ultimas publicaciones. A su amiga le encantaba escribir y muchas de sus publicaciones eran textos que ella misma creaba. En ellos, se podía intuir su estado emocional.
De repente, una nueva publicación. Era de ella. Una foto de una taza de café y un texto sencillo.
Contigo hablan, se refugian y se ríen. Con otras toman un café y hacen planes. Así te sientes, como un refugio de donde se van cuando escampa. Para disfrutar en otros brazos de los días soleados.
Manu lo leyó. Una vez. Otra. Le dio a «me gusta» pero al momento se lo quitó. Volvió a leer cada palabra como si pudiera desentrañar lo que Elena sentía.
Bloqueó el móvil y suspiró. Después de varios segundos de silencio, volvió a coger el teléfono. Abrió Instagram, subió la foto del frapeé con un texto breve pero claro.
Los días de lluvia, a veces, son más intensos que las tardes soleadas.
Dejó el móvil y se fue a la cama. El café seguía en el microondas.
Jueves por la noche
Manu abrió por tercera vez el correo. Una petición de mejora de un cliente permanecía sin contestar en la bandeja de entrada. Suspiró irritado.
Se sentó en la mesa de la cocina para cenar. Su tripa rugía pero en el plato apenas había una frugal ensalada. Empezó a comer despacio mientras miraba hacia el frente. No había recibido ningún mensaje más de Elena en todo el día.
Después de unos segundos, dejó el tenedor sobre la mesa e inició Instagram. Volvió a ver la foto y el texto qué había subido ella el día anterior.
Contigo hablan, se refugian y se ríen. Con otras toman un café y hacen planes. Así te sientes, como un refugio de donde se van cuando escampa. Para disfrutar en otros brazos de los días soleados.
Suspiró y abrió rápidamente la aplicación de mensajería. Escribió sin pensar. Le dio a enviar.
Hola corazón. ¿Cómo estás? Me imagino que ocupadísima hoy ¿No? 😌
De repente vio a Elena «en línea». Los tres puntitos no tardaron en aparecer. Manu se fijaba en la pantalla. La acercó a su rostro con atención.
El aviso de escritura desapareció. Elena se desconectó. Manu, frustrado, dejo el móvil boca abajo sobre la mesa. Se levantó rápido y retiró la ensalada a medias.
El teléfono sonó un par de veces.
Hola. Si, he andado muy ocupada. Ya lo siento
¿Tú qué tal el día? Imagino que habrás ido a patinar hoy también…
Manu sintió un pequeño pinchazo cuando leyó este último mensaje. Su amiga no estaba interesada en saber si había ido a patinar. Era otra cosa. Más sutil.
Se quedó mirando fijamente a la pantalla. Una expresión de tristeza hizo que desviara la vista del mensaje. Emitió un chasquido con la lengua y procedió a escribir.
No. Hoy no he ido a patinar. Necesitaba un descansito
Al otro lado de la línea, Elena vio lo que Manu había escrito. Una media sonrisa se reflejó en su cara. Estaba tumbada boca abajo sobre la cama. Se incorporó y se sentó sobre ella misma.
No tardó en empezar a escribir. Necesitaba hablar con él y decirle lo que pensaba. Aunque eso supusiera que él se alejara un poco de ella.
Veo que estás haciendo muy buenas migas con esa chica. La que patina contigo…
No quiso escribir su nombre.
Ya, bueno. Ayer estuve con ella, si.
Manu escribía despacio. Con cuidado. Como si no quisiera romper nada más. Se mordió el labio, miró a un lado y tamborileo con su dedo índice en el teléfono. Se volvió a fijar en la pantalla, atento a la contestación de ella.
E: ¿Te puedo preguntar algo, Manu?
M: Si, claro
E: ¿Tienes algo con ella?
Manu suspiró. No podía contarle toda la verdad. No la parte en la que Christine y él se acostaban a veces.
No sabía bien qué decirle. Esa chica no era más que una amiga con la que iba a patinar de vez en cuando. Le atraía físicamente, le divertía… Pero nunca lo había tenido mirando una pantalla a la espera de un mensaje.
M: No. Es solo una amiga.
E: Ya
Elena soltó irritada el dispositivo. Suspiró y negó con la cabeza. Aquella respuesta era… Insuficiente.
Volvió a mirar el móvil tendido sobre la cama, lo desbloqueó y escribió rápidamente.
E: Si estás empezando algo con ella puedes decírmelo. Yo me retiraré y te dejaré tranquilo.
Manu leyó la respuesta al momento. Empezó a escribir.
M: No estoy empezando nada con esa chica. Para empezar algo con alguien primero debes tener la cabeza vacía de otras personas. Y yo… Ya sabes que estoy ocupado.
Manu miró la pantalla y volvió a leer el mensaje que había enviado. Una ligera expresión de impotencia lo recorrió. Apretó su puño izquierdo y se lo mordió ligeramente. Si aquella chica pudiera tan solo saber lo que él sentía por ella, no dudaría ni un instante qué Christine no tenía nada que hacer. Aunque, entendía sus dudas. Sus celos, su confusión.
Comprendía perfectamente todas y cada una de las reacciones de Elena. Él estaba siendo un egoísta, un cobarde.
Reconocía que sentía cosas fuertes por ella. Qué Elena conseguía algo que muy poca gente lograba: que él pudiera hablar abiertamente de sus sentimientos. Y precisamente aquello, es lo que lo hacía retroceder y escapar a toda prisa. Casi de manera desesperada.
Empezó a escribir de nuevo por impulso. Sentía como si algo dentro de él se hubiera abierto.
M: Me lo paso bien con ella, no te lo voy a negar. Es divertida y patinamos juntos la mar de bien. Pero ya sabes que contigo me he abierto muchas veces. Ya sabes lo que me cuesta hacerlo. Siento que contigo me he expuesto mucho. Eso no lo consigue cualquiera.
Elena recibió el mensaje y algo dentro de sí se aflojó. Una calidez suave como una pluma la recorrió por dentro. Aquellas palabras, viniendo de Manu, se sentían un regalo.
E: Entiendo. Es solo que… Ya sabes lo que siento por ti. Y no quiero salir mal parada. Además, puede que tenga delante ahora una nueva oportunidad. No sé si quiero dejarla pasar.
Ninguno mencionó el nombre de Pablo pero éste quedó suspendido entre los dos.
Manu cerró los ojos, despacio. Volvió a leer el último mensaje de Elena y sintió un pequeño pinchazo en su pecho.
M: Lo se. Yo tampoco quiero sufrir. Solo… Dejarme llevar
Ella miró de nuevo el móvil y se rió con un ligero desdén. «Dejarme llevar». Lo mismo de siempre. Disfrutar del momento sin consecuencias. Pero es que resulta que los efectos ya eran visibles para ambos.
E: Si, yo también quiero dejarme llevar. Pero no sé si es buena idea que lo haga contigo. Ya te lo he dicho antes, puede que…
Manu sintió un vuelco al corazón cuando vio este último mensaje. Necesitaba escribir. Retenerla. Mostrarle que él también sentía cosas. Solo quería poder sentirlo todo a su lado. A pesar de que eso le aterrara.
Se dijo a si mismo que tal vez podría darse una oportunidad. Qué tal vez merecía la pena apostar. Ser verdaderos.
Descartó aquella idea. Algo dentro de él se encogía cada vez que pensaba en dar un paso al frente. Primero, aparecía una chispa de ilusión pero al momento, el terror devoraba todo.
Suspiró y optó por la «opción fácil» de siempre.
M: No me digas eso que me matas, preciosa. Yo quiero que estés en mi vida y yo en la tuya. Aunque sea como amigos. Si hace falta no besarte, lo haré. Estoy dispuesto
E: ¿Crees que podremos ser solo amigos? ¿Sin que pase nada entre nosotros?
M: Podemos intentarlo. Me gustaría hacer ese plan que me pediste hace tiempo: ir a comer juntos. El sábado. Me encargo yo de reservar ¿Te apetece?
Elena sonrió al ver el mensaje. Tal vez está vez sí podrían ser buenos amigos.
E: Vale. Creo que así me sentiré más cómoda. Solo tú y yo y buen rollo.
E: Dejo en tus manos lo de la reserva. El sábado nos vemos, hermosura.
Viernes por la tarde
Manu llamó por tercera vez al restaurante. Las dos veces que había probado éste estaba cerrado.
Tenía el teléfono en la mano y daba vueltas por la cocina. Colocó los imanes de la nevera en orden de tamaño. Finalmente, una chica al otro lado de la línea contestó.
- Hola, buenas tardes. Quería reservar para comer mañana… para dos.
Manu sonrió tras pronunciar aquella frase. Abrió la nevera y miró lo que tenía en ella. Estaba medio vacía.
Una mueca de desilusión apareció en su cara cuando la trabajadora del restaurante le dijo que no tenían mesa libre. Manu bajó los hombros, dio las gracias a la chica y colgó.
Se quedó pensativo un instante. Sonrió y escribió un mensaje a Elena.
Hola guapa. Tengo una noticia buena y otra mala. ¿Cuál quieres primero?
El teléfono de Elena vibró y ella desbloqueó la pantalla. Leyó atenta el mensaje y frunció el ceño. Empezó a escribir, intrigada.
Dime la mala primero, luego remontamos 😉
Vale. Mira, he llamado al restaurante y no tienen mesa. La buena noticia es que podrás ir a la aventura con un chico guapo. A buscar un sitio para comer.
Ohh, ¡qué ilusión! 😔
Elena negó con la cabeza al otro lado y sonrió.
Oye, ¡qué es un planazo! Ir a improvisar. Tu que eres tan cuadriculada… Así aprender a frustrarte jajaja. Venga, mañana te paso a buscar a las 12. En punto ¡eh!
Ella se rió cuando vio el mensaje. En realidad, le daba igual que el restaurante no tuviera mesa libre. Podrían ir a cualquier sitio y disfrutar juntos.
De repente, su móvil empezó a sonar. Pablo la estaba llamando. Miró al techo, suspiró y contestó la llamada. Al otro lado, una voz masculina se alegraba de hablar con ella.
- ¿Cómo está la chica más linda del mundo?
Elena carraspeó, irritada. Una punzada de incomodidad apareció en la boca del estómago.
- Hola guapo. ¿Cómo estás? Yo estoy aquí en casa limpiando un poco.
- Te llamaba para preguntarte si estarías libre mañana. Para ir a comer.
Elena abrió los ojos de par en par. Su respiración entrecortada y sus hombros tensos revelaban lo que no podía expresar con palabras. Miró el ordenador del trabajo tirado en la cama y, con los ojos cerrados y la respiración contenida, soltó de carrerilla:
- No voy a poder… Me he traído el portátil del trabajo y voy a meter unas horas extras. Ya sabes toda la carga que tenemos.
Todo el aire de sus pulmones salió de golpe una vez hubo pronunciado aquella frase. Se tapó la boca con la mano.
- Ay, tendrías que trabajar menos. No vas a heredar la empresa. ¿Tal vez el lunes? Justo el domingo he quedado con mis amigos pero, el lunes, soy todo tuyo… si quieres.
Elena pensó que sería buena idea posponer aquel plan para el domingo. Estaba empezando a sentir cierta ilusión por aquel chico. Reconocía que la trataba muy bien y la hacía sentir vista. Tranquila. A veces, demasiado.
- Perfecto. El lunes podemos quedar. Además, yo el domingo también tenía plan. He quedado con Paula, mi amiga.
Pablo jugaba con un bolígrafo mientras hablaba con ella. Sin darse cuenta empezó a llenar el papel de garabatos. Sonreía mientras escuchaba su voz. Su voz tembló ligeramente cuando pronunció la siguiente frase.
- Ah si, Paulita. A ver si me la presentas, eh 😉
Silencio al otro lado. Se oyó una risa nerviosa y de repente el ambiente se llenó de una especie de prisa. Elena masculló algo y le comentó que «se iría viendo». Él le mandó un beso y colgó la llamada.
El papel que tenía sobre la mesa, quedó lleno de garabatos.


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