Te diría muchas cosas si pudiera.
Si tan solo supiera que ibas a leerme con una sonrisa. Desde ese muro mirando la playa.
Comenzaría por decirte que me ha encantado esta noche contigo.
Que mis sueños se han visto acompañados por el ritmo de tu respiración.
No podría negarte que estoy escuchando una canción de amor para potenciar mi inspiración.
Inspiración dormida por tanto fingimiento. Fingir que solo somos tu y yo entre risas, confidencias y alitas de pollo antes de dormir.
Que no pasa nada en este corazón que calla palabras que teme decir en voz alta.
Aunque sé que ambos nos haríamos los sordos. Como ese «te quiero» que te dije entre susurros y gemidos. Hicimos como si nunca hubiera existido, permitiendo que el ruido de nuestros cuerpos silenciars la verdad.
Pero existe. En mi interior sí. Y hago como que todo está bien. Como que domino la situación y pongo el móvil boca abajo para no volver a mirarlo a cada rato.
Sin embargo, en el fondo de mi ser me pregunto cómo será esa última conversación. ¿Acaso la habrá?
Acaso si esto no se irá enfriando poco a poco mientras las horas y los días pasan con un silencio perpetuo en la pantalla y en el alma.
Tal vez así es como mueren las historias que nunca llegaron a nacer. En silencio. Sin estruendo. Sin drama…
Sin drama pero con lágrimas. Que aunque no paseen por mis mejillas a cada hora, permanecen dentro de mi corazón.
Amontonándose a cuenta gotas mientras hago como que no pasa nada.
Y cuando ese silencio llegue, cuando mire el calendario y no recuerde cuando fue el último día que vi tus ojos, entonces y solo entonces, se abrirán las compuertas.
Porque ahí, en la ausencia de las notificaciones, en el silencio y la falta, cuando ya no estés más, será cuando, por fin, de permiso a mí corazón para poder amarte libre, fuerte y sereno.
Sin miedo a que te vayas te recordaré. Porque ya te habrás ido. Y debajo de esa capa de ansiedad quedará lo que hoy intento ocultar con uñas y dientes.
Que te quiero con el alma. Con el cuerpo y con el corazón.


Deja un comentario