Silvia se giró despacio. Su cara quedó frente a frente con él.
Aquel que había sido su todo en los últimos dos años y medio.
Marcos.
Él estaba observándola, como solía hacer habitualmente. Ella le acarició la cara, lentamente.
Recorriendo con sus dedos cada centímetro de su rostro. Fijándose en todos los detalles de su piel.
Como si fuera la primera vez que lo hacía.
Pero ya se conocía esos ojos de memoria. Demasiadas veces.
La yema de sus dedos pasó de nuevo por esa mejilla. Recorrió su nariz y se posó en su boca.
Él besó despacio sus dedos. Los dos desnudos en cuerpo y medio vestidos en alma.
Ella clavo entonces sus ojos en los suyos. Quería despojarse de todo. Quedarse completamente al descubierto delante de él.
Necesitaba dejar de fingir que no era lo que más quería.
Solo soltar lo que llevaba tanto tiempo callando. Aunque eso supusiera perderlo.
Su luz iluminaría la habitación. Aunque él se cegara con ella.
- Marcos…
Volvio a besarlo lentamente. Lo miro, despacio.
Él le devolvió la sonrisa. Se quedó en silencio. Se conocían demasiado bien.
Aquella tarde se escribió su adiós. Despacio. Sin armar escándalo.
Pero con decisión. Con convicción.
Para siempre. O para nunca…


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