Vuela hermosura

2–3 minutos
  • Ya sabes que, para lo que necesites, aquí tienes a tu Vero de confianza – me dije por fin a mi misma. Mirando al espejo. Sin ropa, desnuda de cuerpo y alma.

Levantándome de esa esquina mugrosa. Cambiando las sábanas y frotando mi piel. Esta vez suave. Esta vez con mimo. Con dulzura y placer.

Tanto que los minutos se volvieron elásticos mientras el agua caía sobre mi. El gemido que salió de mis labios me obligó a apoyar mi mano en la mampara. Solo para no caer. Solo para dejar que mis piernas dejaran de temblar a su ritmo.

Después salí. Y frente al espejo reproduje la frase que un día regalé a los cuatro vientos. Dos pasos y ya estaba de nuevo en mi cama. Esta vez sentada pero erguida.

Todo estaba en silencio. Era una de esas semanas en las que el tiempo se me amontonaba solo para mi. La paz que comencé a sentir en mis entrañas me llevó a tener una alucinación.

O una imaginación. Visión. Como lo quieras llamar. La luz cálida de todo mi ser salió disparada de mi pecho. Unas hermosas alas crecieron en mi espaldita. Esa que tanto gustaba a determinados especímenes.

La ventana abierta me invitaba a salir. Sin experiencia previa, empecé a batir en vuelo. Me elevé del suelo al tiempo que ese sentimiento de quietud, de calma y de felicidad se elevaba conmigo.

Presencia. Paz. Serenidad.

Cuánto tiempo perdido en amarrar cuerdas que solo querían escapar de mis manos. Piel cuarteada y escocida por tanto tirar. Sin darme cuenta de que lo verdaderamente liberador es, precisamente, soltar.

Soltar amarres y volar. Aunque todo terminase siendo un sueño. Aunque la ventana luzca ahora cerrada y mi espalda intacta. Mi cuerpo en tierra firme y mis pies apoyados con fuerza. Sosteniéndome.

El cuello firme y la cabeza elevada. El mentón indicando el orgullo de mi capacidad de amar. De mi capacidad de sostener entes ajenos. La determinación nuevamente adquirida para poner límites. Y cerrar puertas.

Dándome felicidad. Silencio y descanso.

Antes los sueños eran frenéticos. Todas las mañanas despertaba con un caos en mi pecho que tardaba en irse casi hasta el segundo café.

Las facturas y los correos del trabajo llevaban la amargura indeleble de quién sabe que debe salir corriendo, pero no puede hacerlo.

Ahora, en cambio, al despertar la calma me invade. Cada vez que abro mis ojos me doy cuenta de que hace semanas que ese peso dejó de oprimir mi pecho. De que esas ruedas dejaron de mover mi cama a escenarios infernales.

Ahora mis sábanas son solo eso. Una tela con la que cubro mi cuerpo desnudo. Ya no más un refugio con el que pretender amarrar a nadie.

Solo me tapo y me duermo.


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