A toda velocidad

1–2 minutos

Espero con ansia un mensaje. Una señal. Un tacto, un olor. Algo que demuestre que eres real. Que no formas parte de mi imaginario.

Ahora te tengo al otro lado. Me mandas un fueguito. Ardor de mi sed que se transforma en ansiedad. Ganas de verte y de abrazarte fuerte. Todo lo fuerte que mis brazos puedan. Hasta casi reventarte. Hasta casi reventarme.

Sin poder más voy conduciendo hasta tu casa. Me paro frente a tu portal. Toco el timbre y tu me abres. Mi ropa ya está queriendo salir de mi cuerpo. Ya está queriendo quedar en el suelo de tu habitación.

No es tu atractivo. No es tu sex appeal. No es que me gustes o me encantes. Tu mirada hambrienta es la que despierta estas ganas. Saber que me deseas. Que quieres de mi piel. De mi ardor y mis colmillos.

Y no es un deseo tranquilo. Es ansioso. Es desatado, es peligroso. Con ganas de que no pares. De que comiences a recorrerme en la oscuridad o en la luz. En la luminosidad y en las sombras. En nuestras sombras.

Carentes de toda vergüenza y miedo. Solo entregándonos al placer. Solo sabiendo que esto es una última vez. Hasta la siguiente.

Llego y en dos minutos estoy desnuda. Tu también. Solo sabes enredarte en mis piernas. En mi piel y mi pelo. No sales de ahí. Solo entras. Cada vez más profundo.

En mis sueños febriles apareces. Ya ves como ha cambiado la cosa. Has conseguido pulsar ese botón de la locura que me hace desarmarme. Y ahora estoy escribiendo estas palabras desesperadas a toda velocidad.

Solo por no enviarte un audio. Solo por no mandarte un mensaje más.

Solo por no decirte que vengas corriendo y me recorras otra vez.

Porque lo que hicimos entre esas cuatro paredes, esa tensión y esa descarga, jamás podrá sustituir al paso tranquilo de un amor sano por mi cuerpo.

Y esa es, precisamente, mi puta perdición.


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