Te miro de soslayo como queriendo activarte. Me relamo el labio y pestañeo despacio. Bajo mi mirada y me detengo en tu pecho.
Recorro tus brazos como mis manos desean hacerlo. Tu voz es sugerente y erótica. Cuando me hablas de esa forma.
Me vuelves loca.
Ganas que revuelven mi pelvis y me obligan a beberme el café ardiente más rápido de lo que tardaremos en quitarnos la ropa.
Dejo la taza sobre el plato con más fuerza de la debida. Mientras no te quito ojo de encima subo el brazo para pedir la cuenta.
El camarero aparece con el papelito. Yo, sin desviar ni un milímetro mi intención de tu intensidad, pago la consumición.
Sin decirnos nada, subimos a mi segundo C.
C de cómeme.
En medio del pasillo, casi antes de que la puerta se cierre, todo estalla.
Apenas me das tiempo para respirar cuando ya te tengo a mí espalda.
Bajándome todo menos mis ganas.
Sin mediar palabra, agarras mi cuello por detrás. Y me sujetas por las muñecas.
Cómo sabes que me gusta. Cómo tantas otras veces. No hace falta que te oriente.
Ni en mi casa ni en mi cuerpo.
Rápidamente, me alzas en volandas y avanzamos a oscuras hasta el colchón.
Desprovistos de toda prenda, solo queda el lenguaje del cuerpo.
Entre esas cuatro paredes, nuestros deseos encuentran una voz. Tan profundo has llegado dentro de mi.
Literal y metafóricamente.
Y así, durante toda una noche, las horas de sueño se cuentan por minutos mientras el ardor de todo esa contención va llenando la estancia con su aroma almizclado.
No llegamos a darnos cuenta de cuando llegó el alba. Estábamos demasiado ocupados.


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