La vida me ha colocado en tu lugar. En el mismo sitio emocional que ocupaste conmigo.
Ahora sé perfectamente cómo te sentías conmigo (o eso creo).
Te lo explicaré. A ver si es así.
Cuando aún no había sentimientos, las cosas eran ligeras y no había responsabilidades, estabas tranquilo. Encantado con mi cariño, mi atención y validación.
Lo he sentido en mis propias carnes. Que alguien te haga sentir tan especial que te quedes anonadado. Alguien que te lleve una cosita rica para comer a la puerta de tu trabajo y que tengas ganas de abrazarle y besarle. De darle cariño. Te enternezcas.
A medida que veías que los sentimientos en mi iban calando, mi mirada te pesaba cada vez mas. Seguramente buscaste alivio en otros brazos (ni lo sé, ni me importa).
En el fondo, yo te seguía gustando. Y mucho. Pero la responsabilidad de lo que yo sentía o pensaba se convirtió para ti en una cadena. Te aprisionaba tanto que sentías ganas de huir.
Y a la vez querías acercarte. Deseabas volver a estar en mis brazos. Cómo escudo, utilizabas tus circunstancias. Al igual que hago yo ahora.
«Mi vida es complicada»
«Tengo demasiadas responsabilidades»
«No sé bien qué voy a hacer con mi vida»
«Lo único que se es que estoy a gusto así»
Las frases calcadas que estoy usando yo. Porque me da pavor la responsabilidad de tener a un ser humano enamorado de mi. Y no saber qué hacer con esos sentimientos.
Tal vez en mis adentros sí haya sentimientos fuertes por esa persona. Cómo los hubo dentro de ti.
Pero son momentos donde lo disfrutas. Luego, quieres irte.
Perdón, quieres no. Lo necesitas.
Y cuando te alejas, sientes alivio. Algo inmediato.
Pero, a medida que van pasando los días, quieres saber algo de la otra persona. Lo echas de menos.
O lo que esa persona te daba. Lo que te hacía sentir.
Cuando te lo da tras semanas de ausencia, es un subidón. Uno que va decayendo a medida que su amor se vuelve más consistente.
Palabras de amor que te dan la vida o te la quitan.
En ocasiones te sentías especial por mi cariño. En otras, tenías que abstraerte para no sentirte mal. Para distanciarte emocionalmente.
Y lo peor de todo es que no hubieras podido parar. Aunque hubieras deseado alejarte de mi, siempre volvías. Porque lo que te hacía sentir te llamaba. Querías tu «dosis» pero luego marcharte.
Siempre tuviste esas frases coletillas en la boca. Eran las que te daban la excusa para marcharte cuando quisieras.
¿Sabes qué es lo más gracioso? Que si tu hubieras querido estar conmigo y me lo hubieras dicho claramente, la que hubiera huido habría sido yo.
Porque en verdad no era a ti a quién buscaba. Era conseguir tu amor lo más importante para mí.
Y menos mal que no me lo diste.
Ni siquiera hubiera sabido qué hacer con él en mis manos.
Curioso. Ahora se como te sentías conmigo.


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