Las ganas.
La ilusión.
Todo lo que ella tenía. Ese pastel en un domingo cualquiera.
El café recién hecho aquel verano.
El deseo de ver su cara hecha un manojo de nervios.
El calor intenso por todo su cuerpo.
Pensamientos y calidez en el pecho. Esa luz tan preciosa. Los ojos y las lágrimas.
De felicidad. De puro placer.
Ella mordiéndose el labio al ver su nombre en el teléfono.
El ardor por todo su ser. Brazos y piernas en un baile intenso. Hormigueo antes de encontrarse.
Enredados entre piel y promesas.
¿En qué momento amar se convirtió en delito? ¿En un delirio?
La señal para frenar llegó sin hacer ruido. Y a ella le pillo sin cinturón.
Colisión que la lanzó despedida hacia el mismo asfalto.
Llena de cristales y cortes, se levantó. Miró a su espalda y vio el rostro culpable de él.
Nunca quiso que aquello fuera así. Solo deseaba dejar de acelerar. Dejar de escuchar los neumáticos rodar.
Pero para ella ya era tarde. La calidez y la luz habían brotado de sus entrañas.
Todo se lo quería dar.
Y nada perder.
Pronto entendió el juego. Sus ojos y besos a cambio de su oscuridad.
Del frio en su ser.
A partir de entonces fue pecado sentir. Cuidar, querer.
A pesar de que en la intimidad de la habitación, lo volvían a hacer.
Una y otra vez.
Sin prisa. Entregándose. Sin poder parar.
Sin querer hacerlo.
Jurandose amor eterno. Una eternidad que solo duraba tres horas.
Luego, el fin. Vacío.
Al principio, a ella le costaba días volver a meter todo ese amor de nuevo en su alma.
Cerrar con llave.
Apenas encontraba descanso entre los mensajes y las citas.
En seguida, aprendió a hacerlo mejor. Cada vez más afinada.
Sabiendo perfectamente qué clave, qué contraseña, qué camino tomar.
Sofocando sus sentimientos. Sus sentidos.
Dibujando al monstruo del miedo y del abandono al final del pasillo.
Cualquier alternativa sería mejor que aquello.
Solo mirando a los ojos del demonio, sus entrañas se congelaban. Volvían a pararse en seco.
Dejaba de sentir todo aquello.
Todo lo que había sentido horas antes en sus brazos. Sangrando amor.
Paraba hemorragias cada vez más masivas. Aunque cada vez más coaguladas.
Sabia cuál era el camino y el final de todo aquello.
Cuando el dolor y el hedor a putrefacción fuera tan evidente. Cuando no pudiera seguir con su vida.
Cuando sus colores hubieran quedado desteñidos y su luz estuviera a punto de morir.
Solo entonces, tendría el valor de irse.
Justo a punto de morir.
Justo a tiempo para seguir viviendo.
Hasta entonces, seguiría disfrutando de aquel sufrimiento.


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