Hoy no tenía un buen día. Se había despertado con una extraña angustia en su vientre.

No sabía expresarlo pero identificaba perfectamente lo que había debajo: rabia.

Su mandíbula se cerraba fuerte. Dejaba el espacio justo para que pasara el aire. Sus músculos tensos, la sostenían de pie en una postura demasiado rígida.

Gestionaba los emails del trabajo a regañadientes. Respondiendo con unas respiraciones lentas justo antes de ponerse a escribir.

El hormigueo en sus extremidades era una señal de que deseaba apretar fuertemente algo. La fuerza era especialmente exagerada.

Al deshacer las camas, al sacar los platos del lavavajillas. Barrer con fuerza, peinarse y que varios cabellos quedaran en sus manos.

Tenía ganas de gritar. De pegar a alguien. De agredir. La violencia en sus venas era una fuerza que la empujaba a caminar en círculos por su pasillo.

Necesitaba desfogar aquel sentimiento. Era una caldera que se había llenado tras tantos tragos. Después de no ser capaz de escupirlo cuando quemaba.

El veneno ya estaba de nuevo en ella. Como tantas otras veces. Siempre tenía el mismo baile con aquella emoción.

No se daba cuenta de que era un mecanismo de defensa de su mente para protegerla de los abusos externos e internos.

Y ella, en vez de hacerle caso, le giraba la cara. Y la ignoraba.

Como toda emoción, ella no se iba. Nunca sin coste. Una erosión en su interior. Lenta, dolorosa.

Algo que la autodestruía poco a poco. Hasta que llegaba el día en el que volvía a sentir ese hormigueo dentro de su cuerpo. Había llegado al borde y la rabia la saludaba.

¿Acaso pensabas que podías librarte tan fácilmente de mi?

Ansiedad, nervios, insomnio…

Podía aparecer de muchas maneras. Ganas de correr. Energía desbordante. Bailes exagerados. Escribir golpeando el teclado.

Lo importante era que el cuerpo pudiera expresarlo. Sacar todo aquello.

Nada más importaba. Tal vez golpeando un cojín.

Se sentó y dejó que sus manos empezaran a golpetear las teclas. Que ellas fueran las que, una vez más, dejaran salir esa ira.

Contra aquellos que habían estado ahí, los que querían traspasar sus líneas. Los que no sabían que lo estaban haciendo.

La que lloraba o se victimizaba ante un «no». El que se enfadaba y reprochaba frente a esa misma palabra.

Contra todos.

Pero sobre todo, sobre todo, contra alguien muy concreto.

La rabia profunda sentida por aquella mujer que no había sido capaz de abrir la boca y enfadarse de una vez por todas.

Ella misma.


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