Reptando por el suelo

1–2 minutos

Ella se arrastraba por el frío suelo. Una vez más. Ya lo había hecho varias veces.

No entendía porqué pero siempre se encontraba a sí misma en ese lugar. Viendo todo desde abajo. Esquivando pasos despistados que amenazaban con golpearla sin querer.

Estaba empezando a salir de nuevo de la tormenta. Ya no quería volver allí. No sabía qué más podía hacer para sostener aquella decisión.

Sabía que no tenía poder en aquel torbellino. Que jamás lo había tenido.

La sensación de control que había sentido semanas atrás era solo una ilusión. Un señuelo que evitaba que sintiera el cuchillo cortando su piel.

Porque, tan solo por unas migajas, había vuelto a sacrificar parte de ella misma. Tenía que quedarle claro que la capacidad para poner límites estaba en ella.

Conectarse por fin con sus necesidades. Dejar de ser huérfana de decisiones.

Tomar la vida y controlar quién entraba y quién salía de ella.

Sentirse digna. Como otras veces lo había conseguido.

No es que no pudiera, no es que no supiera.

Era que odiaba sentirse egoísta.

Decepcionar.

Frustrar los deseos y las necesidades del otro.

Pero ¿Dónde quedaban las suyas?

Si el otro toma las decisiones y tú solo las acatas, no estás decidiendo en tu vida.

Alguien lo está haciendo por ti.

Y esa otra persona puede no necesitar o desear lo mismo que tu. De hecho, a veces puede ser justo lo contrario.

Y tu te anulas, y te anulas. Y te vuelves a anular. Solo para verlo feliz. Para que se salga con la suya.

Para que no se enfade, no se frustre o no se ponga triste.

Da igual, corazón. Ya me pongo triste yo por ti. Ya me frustro yo para que tu no tengas que hacerlo. Ya me coloco yo delante de ese coche para que me atropelle a mi primero.

Ya me muero yo para que tu puedas seguir viviéndome.


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