Éste no es un portazo con ira. Tampoco lo es con fuerza. Es casi como si arrastrara mis piernas para ir hacia la puerta. Cogiera el pomo con debilidad y lo cerrara suave.
Sin hacer ruido.
Teniéndote al otro lado. Sabiendo que puedes volver a tocar mi puerta. Con esa sonrisa tuya. Con esa buena intención y preocupación por mi.
Sabiendo que soy una buena chica. Una chica genial como me llamaste una vez.
Valorando lo que una vez te di. Por encima de tus posibilidades, por otra parte. Por encima de las mías, también.
Desdibujando mis límites y desoyendo esa ansiedad matutina que me advertía que tenía que poner fin a aquel goteo de mensajes diarios.
Parecían dulces. Los buenos días. Fotos de lo que hacías. De lo que yo hacía. Pero en verdad era veneno que no dejaba que me desintoxicara de lo que estaba sintiendo.
Venas que se marcaban debajo de mi piel y que hacían recorrer la sangre tan fuerte cuando te veía. Los besos que te daba los recuerdo en mis labios.
Las caricias y esos abrazos los tiene archivados mi piel por si alguna noche solitaria se me ocurre visitar esa habitación.
No quiero que este texto dedicado a ti sea la puerta que utilices para entrar de nuevo. Mantente fuera.
No puedo perdonarte, no puedo perdonarme. Y no, no es exagerado. Si me hubieras visto llorando en la oscuridad, lo sabrías.
Mi parte de responsabilidad es la que sostengo entre mis manos. Pero el volante lo llevamos entre los dos. Aquel bólido que chocó a 200 km/h contra un muro.
Tu llevabas un cinturón fuerte que te sujetó. Yo me estampé y me deshice en ese impacto.
Y no, no es exagerado.
Ahora veo tu miedo, tu incapacidad, tus pocas ganas de ser más que diversión. Y también vi que me quisiste, aunque fuera a tu manera.
Tu preocupación, genuina. Querer saber que yo estoy bien. Una ventana por la que poder verme de vez en cuando. Fotos y vídeos que poder utilizar para sonreirle a la pantalla al saber que sigo adelante.
Claro que lo estoy haciendo. Ninguna duda podíamos albergar. Un bache en la vida, un palo en las ruedas.
Unos meses y un amor a recordar. Como uno de los más puros que he sentido jamás.
Y no, no es exagerado.
A pesar de saber que eres buena persona, que nunca quisiste hacerme daño, que solo querías pasar un buen rato y hacérmelo pasar a mi…
Debes quedarte fuera. Ya no puedo volver a dejarte entrar.
Ni ahora, ni nunca.
Estas palabras serán las últimas que te dedicaré. Y destruiré todo aquello que te escribí tiempo atrás.
Para que, con esa destrucción, yo pueda olvidarme de que algún día te miré, te toqué la cara y deseé que te quedaras. Aunque fuera, cinco minutos más.


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