Ver, sentir, implicarme más de lo que correspondía.
Priorizar al otro más de lo que el otro lo hacía contigo. Observar cómo te ibas perdiendo en el vínculo. Como ibas perdiendo el control de todos tus compuertas.
Y llegar exhausta al final. Casi un año después. Sin respiro, sin límites, llenando la atmósfera de amor. De miradas y palabras de afecto.
No poder sentir porque tenías las entrañas congeladas. Pedir explicaciones que jamás llegarán.
¿Cómo pude confirmarme con migajas? Si yo merezco el pan completo. Yo merezco lo mismo que estoy dispuesta a dar.
Tras darle a ese botón rojo y poner un muro virtual entre ambos, miro de nuevo a mí dignidad a la cara.
No sé si alguien vendrá aquí en busca de respuestas. Seguramente no. Pero sí las buscas, ya lo sabes.
Demasiado tiempo sosteniendo algo que me destruía por dentro. Ansiedad e insomnio. No poder relajarme nunca. Sin bajar la guardia. Y aún pensé que me veías. Qué eras capaz de empatizar.
Seguiste caminando con la mirada distraída. Yo con mi autoestima por los suelos. Alimentandome de esas migas de pan que ibas dejando tras de ti.
No lo lamento. No me arrepiento. Porque gracias a eso aprendí.
No comeré más restos cuando yo ofrezco un desayuno completo.
Y punto. No vuelvas jamás.


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