Hoy, frente a tu almohada, me quedé mirando fijamente.

Mis ojos, humedecidos por el tiempo. Un vacío en mi vientre. No queriendo escapar.

Abracé la sensación e intenté mantenerme ahí. Un fuerte hormigueo en brazos y piernas me obligaba a moverme de un sitio a otro.

Con frío en la piel, con la certeza de la soledad, con la cuerda invisible de la desesperanza rodeando mi cuerpo.

Ahora entiendo el espacio que ocupabas para mi. Llenar un vacío, sentirme menos sola, poder confiar en que había alguien al otro lado.

Contándome sus días aunque fuera a cuentagotas. Dándome algunas migas de amor.

Prefería ese pequeño manjar a esta mesa vacía. Donde no sé qué poner, ni donde.

Para no manchar nada, solo pongo las manos sobre ella. Sé que sirve para cocinar. Para prepararme los platos favoritos.

La cuestión es que ahora no tengo hambre. No sin ti mirándome y sirviéndome esas miguitas exquisitas.

A veces incluso era trozos más grandes que podía coger los los dedos. Los saboreaba de mil amores.

Ahora que lo pienso… Si tú me dabas migajas y yo te daba banquetes, ¿quién ha perdido más?

Lo digo porque, aunque yo noté este vacío insondable dentro de mi, pronto lo llenaré con mis sueños, ilusiones y planes.

Supongo que recordarás en ocasiones aquellos desayunos de pan con aceite que tanto te gustaron. Y, aunque no los quisieras de manera estable, tal vez los eches de menos.

Ojalá que pienses en ello a menudo. Y en lo que perdiste. Aunque seguro que también ganaste. Tranquilidad y alivio.

No debe ser fácil ver cómo alguien te va amando cada vez más y que tu no sientas lo mismo. A pesar de ser una chica genial.

Bueno, aquí seguiré intentando beber mi sed y comerme mi hambre. Hasta que este agujero en el vientre deje de ocupar tanto espacio.


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