Un cosquilleo en mis entrañas y mis manos se tensan. Agarro el teléfono con fuerza y lo miro varias veces. Intentando desentrañar los secretos de tu mente tan solo visualizando una pantalla.

Un pensamiento fugaz se mezcla con mi rutina y me pongo un dedo sobre mis labios. Queriendo callar palabras que jamás debieron salir de mi boca.

Recuerdo la desnudez, el tacto de las pieles. Visualizo en mi mente esas marcas descoloridas por el tiempo, dibujos en su tiempo frescos y llenos de color.

Siento tus dedos sobre mi espalda y un escalofrío recorre mi cuerpo. Ahora me estoy mordiendo el labio. ¿Te acuerdas tu de esas sábanas blancas y la ventana de fondo? El sol entrando por ella. Ardiente y luminoso.

También el astro rey.

También nosotros.

Cuando todo era fácil y no existía esta tela de araña que me dejó colgada del techo. Enredada en tus manos y con tu palma sobre mi cuello. Mis ojos vueltos al cielo y mis piernas sobre tu pecho.

Un potente calor me baja por la pelvis, mejillas ruborizadas que aun recuerdan caricias nocturnas y suspiros en medio del silencio.

Dulce dilema el que me presentaban tus labios. Seguir adelante y besarlos, morderlos y lamerlos mientras mi corazón se derretía en el fondo de la habitación. Pero que rica era esa agonía.

Seguro que tu también lo recuerdas.

El vacío de después era proporcional al tiempo entretenidos sobre el colchón, mi cabello rojizo esparcido por el blanco de mi cama y esa coreografía ensayada que me hacía elevar el mentón y mirar al cielo.

Tu boca mordiendo y bajando, sin piedad. No quiero que vuelva aunque lo anhelo. Una última vez que jamás se materializara.

Con mis manos diestras te rindo sonoros homenajes cuando el sol cae sobre mi ventana. Una, dos o tres. Las veces que miro esa ventana sin ver nada. Son las mismas que digo ese nombre en voz baja a la vez que cierro y abro el cuerpo al son rítmico de mi corazón latiendo.

Así seguiré, mirando al techo impoluto cuando el ardor pueda conmigo. Observando cada centímetro y acordándome de cuando, sobre mi, no había un techo sino tu mirada.


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