La criatura estaba hecha de restos de cuerpos. Trozos de carne cosidos dándole una forma humana.
Corazón, estómago, vísceras, cerebro. Tendido sobre la camilla, su creador lo observaba.
Tan solo faltaba ese primer latido que da paso a la vida.
Un rayo y multitud de energía fueron los detonantes de la chispa. Ese primer fulgor que activó la vida.
La criatura movió sus manos. Dedo a dedo. Articulaciones que empezaron a abrirse y cerrarse de manera compulsiva.
Después, sus ojos se abrieron de par en par.
Aquel ser no tenía nombre. Ni identidad. Ni espíritu. Eso decían los más sabios. Aquellos que observaron la piel cetrina y los ojos sin brillo.
Él sin embargo, sentía, padecía. Tenía pensamientos y deseos.
Era fuerte, robusto y capaz de sanar sus heridas instantáneamente.
Poseía una velocidad envidiable. Todo lo que cualquier ser humano pudiera desear.
Sin embargo, tenía una maldición: la bella muerte jamás pondría sus labios sobre los suyos. Nunca lo tomaría de su mano y lo llevaría con ella. Jamás podría deshacerse del dolor y del peso de los siglos. Y tampoco valorar la belleza de la vida sabiendo que esta es finita.


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