Cuento de hadas

2–3 minutos

Qué satisfactorio es tener una salida de emergencia a este cuento de hadas. Una bala de plata con la que terminar de matar cualquier historia que pueda amenazar con reptar por mis piernas, subir por mi abdomen y entrar en mi corazón. 

Cuán tranquilizador es saberse herida. Con una flecha clavada en medio de mi pecho. Solo para poder señalar el corte y tener así una excusa para salir corriendo. Aunque la cicatriz ya esté presente en la piel y ya no duela. 

Perdida en medio del bosque, se bien que, mientras la diversión asome, el riesgo se mantenga bajo control y no existan palabras cómplices o besos más largos de lo normal, todo irá bien. 

Lo bueno de tener este amuleto es que, cuando los abrazos se vuelven intensos y cálidos, la piel se eriza y los sueños empiezan a ser recurrentes, solo tengo que sostener ese recuerdo en mis manos.  

Puedo mirarme en el espejo y ver de nuevo esa imagen cada vez más lejana y difusa que me recuerda quién fui y el abismo al que me atreví a saltar. 

Y cuando las rodillas quieren empezar a caminar hacia él, solo puedo ignorar las migas de pan que dejé y acordarme del dolor de la caída. Con todas mis fuerzas simulo ese golpe en mi cuerpo.  

Y entonces, todo se vuelve mucho más sencillo. La casa de chocolate empieza a derretirse.  

Tensión en los hombros cuando, desde detrás, unos brazos distintos quieren sostenerme.  

La manía de perderme en un bosque frondoso para que deje de verme. Dar un paso ligero hacia atrás en cada recibimiento. La alegría contenida de quien sabe que debe irse.  

Empezando a congelar un muro de hielo entre yo y el otro. Esperando que su dignidad se despierte y caiga en la cuenta de que, el banquete inicial ahora no son más que migajas.  

Deseando que su ego deje de aguantar y entienda que mi alma ha empezado a caminar en dirección opuesta a sus ojos.  

Llegando al límite de darme una palmada en la frente al comprobar que sigue ahí pese a todo.

Cuando antes fui Blancanieves, ahora me he convertido en la bruja. 

Voy ofreciendo una manzana envenenada, aunque de mis labios sigan rezumando líquido ponzoñoso.


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