Una compañera vocifera de fondo: me voy a las Maldivas.
Otra, coge un vuelo este fin de semana camino hacia Perú. Alguno más conservador viaja a Londres y otro más «casero» solo se va a Ávila.
Todos ponen los ojos como platos y sonríen. Salivando por la envidia de los viajes.
Yo me limito a torcer el morro y levantar una ceja. Ese sentimiento de envidia jamás ha aparecido en mi fuero interno.
Aparte de que mi cartera tiene un enorme agujero ahora mismo, lo que pesa sobre mi cuando un viaje sobrevuela es una pereza increible.
Incertidumbre.
Molestia.
Ansiedad.
Y las personas de mi alrededor me miran raro. No entienden mis razonamientos. Quieren convencerme de lo maravilloso que es viajar y conocer mundo.
Colega, si yo no conozco ni mi cuidad, ¿para que quiero ir al puto MachuPichu o a no se que lago en el culo del mundo?
Habrá personas que digan que soy una «esaboría» . Me da igual. Tengo motivos de sobra para no querer meterme en una lata de sardinas con forma de avión para tener un jet-lag desomunal, estar todo el día bostezando y chapurreando un idioma con el que no entiendo ni papas.
Además, el váter. ¿No habéis pensado en el gusto de llegar a casa y cagar en tu propio váter? Si, si. No me mires así. Las princesas preciosas como yo también cagamos.
Ya, lo sé. Es una visión un poco bajonera.
Pero bueno. No puedo ser tan perfecta.
¡Feliz viaje a todos! Ya me quedo yo cuidando, muy gustosamente, mi cuidad.


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