Mi subconsciente está deseoso de salir. Mimos que me hago a mí misma. Con estos mismos dedos.

Y con carita de ángel que se eleva sobre la cama. Y ahí extiende sus brazos.

Bendigo este espacio. Lugar de placer, desenfreno y pasión. Gestión administrativa perfecta del tiempo libre.

Agenda completa para la oxitocina. Sin abrazos al final, eso sí.

Las charlas, con mis padres, mis amigos y conmigo misma. Tu estás aquí para otra cosa.

Calla y come

Qué no me paso un rato preparando la comida para que me cuentes tu vida.

La palabra amor ha dejado de sonar en mis entrañas. Al menos el tipo de amor que te hace angustiarte ante la ausencia de un mensaje y subir en la ola cuando ves su nombre en el teléfono.

Fría como el hielo. Con horarios y rutinas. Si te gusta, bien. Si no, pues adiós.

Sin adaptarme, sin ceder. Ni un milímetro. Solo dejando el relleno de mi almohada caer al suelo mientras mis manos agarran el cabecero de la cama con fuerza.

No puedo fijar la vista en un punto. No hago más que moverme de delante a atrás. O me mueven, vamos.

El empujón que necesitaba para vivir mi libertad de la mejor de las maneras.

Ya casi no me acuerdo de cuando, tras el éxtasis, alguien me abrazaba. Prefiero que se vayan.

Asi jamás dejarán marcas en mi alma. Solo en mi cuerpo.


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