No se que más decirte

2–3 minutos

La melodia comienza a sonar en mis oídos. Respiro tranquila y solo dejo que mis palabras salgan de mis dedos.

El show del subconsciente comienza en tres, dos, uno…

Me meto en la cama y me tapo con una manta gruesa. Color blanco. Blanco hueso. O tal vez blanco inocencia. Como la que yo perdí tras tantos meses de darme contra una pared.

Pared blanca, también. Me arropo para hacer entrar en calor mi frío cuerpo. En esta cama gigante que se queda extensa e inmensa sin nadie. O sin tí. Yo que se.

No entiendo bien que espero encontrar en la cercanía de las sabanas vacías. Solo me giro y me observo a mí misma desde arriba. Tumbada de lado. Con los ojos cerrados y el corazón latiendo fuerte.

Los puños cerrados en torno a la almohada. Y esas ganas de levantarme de repente. Voy al baño en medio de tanta oscuridad. A tiendas. Me conozco demasiado bien mi casa. Y tu también.

Vuelvo y toco mi mesilla. Cojo el teléfono y veo la foto de perfil de alguien. O de alguienes. Gente sin nombre y otros con unas letras demasiado marcadas como para volver a verlas aparecer en pantalla.

Siento aún el puñal de la pérdida. De saberte en otros brazos. Como un juguete, utilizado. Ya, claro.

El tiempo va diluyendo tu rostro en mi memoria. Ya ni siquiera recuerdo tu voz. Y más cuando borré hace tiempo el histórico de recuerdos amontonados en lo digital. Solo para poder soltar más rápido.

En algunos días paso las horas y me sorprendo al llegar la noche al no haberte recordado ni un segundo. Buenas señal.

Cinco semanas. Y que sigan. Entre letras vacías y promesas inservibles yo me curo la herida de mi imaginación impertinente.

Que se recrea en verte en otros labios. Con otro cuerpo a tu lado. O sobre ti. O debajo de ti.

No se siquiera si llegare a publicar esto. Parte de las mayores miserias de mis horas muertas.

Vulnerabilidad expuesta de forma inútil. Si ya no te quiero cerca.

Si ya se que nunca me elegiste. Ni que jamás lo harás.

Sabiendo ahora que mi cuerpo dejó de elegirte a ti mucho tiempo después de seguir besándote.

Y cada día que pasa tiene menos ganas de recordar esos tiempos pesados que me hicieron volar tanto, que la hostia fue monumental.

Aun resuena en la inmensidad el sonido de mi desplome.

Gracias a la vida por alejarte de mi.

Prefiero que alguien consiga odiarme leyendo esto. Para qué así jamás vuelvas.


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