Paseo al atardecer

3–5 minutos

Marta se bajó del autobús en la última parada. Justo antes de comenzar a caminar, echó un último vistazo al autobús de color verde que la había traído hasta allí.

Las letras BUO07 se marcaban con una luz anaranjada. La línea que comunicaba Tolosa con Donostia. La avenida de la libertad se extendía repleta de gente frente a ella. Allí sería el lugar donde volvería varias horas después para coger ese mismo transporte de vuelta a su casa.

Sus pasos empezaron pesados. Al ritmo de la canción que sonaba en sus auriculares recién estrenados. El sonido estéreo la hacía volar. Notaba como, poco a poco, sus piernas se iban descontracturando.

El contraste entre sus amplias caderas y su cintura estrecha, regalo de su genética, provocaban un bamboleo al caminar que hacía que las miradas se posaran sobre ella.

Después de entrar en un bar cercano para ir al baño, emprendió su ruta hacia el paseo de la Zurriola.

La capital guipuzoana lucía radiante en aquella tarde de verano. Los turistas paseaban con sus helados. El francés era el idioma más escuchado entre los que pasaban a su lado.

Siguió caminando por el puente de la Zurriola, con el Kursaal de fondo. A ambos lados quedaba el rio Urumea, justo antes de la desembocadura con el mar Cantábrico.

La mirada de Marta era firme, observando el panorama de su alrededor. Mirando a la gente a la cara, sonriendo y con paso firme. Sabía muy bien a donde se dirigía.

Varias canciones después, la playa de la Zurriola llegaba casi a su fin. Marta se apoyó un instante en la barandilla. Allí quedó mirando al horizonte. El sol estaba aun alto en el cielo, aunque ya se empezaban a observar las luces más tenues que anunciaban el atardecer.

Suspiró, vacíando de golpe todo el aire retenido en sus pulmones. El corazón le latía insistente. Las entrañas estaban atrapadas en un nudo justo bajo su esternón.

Por un breve instante, sus pies se giraron hacia el lado contrario al que se dirigía. Algo dentro de ella la impulsaba a tomar otra dirección.

En la playa, na pareja se besaba apasionadamente en la toalla al otro lado de la barandilla.

Sus manos se cerraron fuertemente en torno a ella.

En un impulso consiguió soltarse. Enfiló de nuevo los pies hacia delante y dio el primer paso. Sus ojos seguían mirando al frente. Sin querer girarse ni un milímetro hacia la derecha.

Continuó. A un paso cada vez más lento, aunque seguro. No paraba de decirse a sí misma que solo tenía que avanzar un poco más. Que después ya podría desviar la mirada.

Sabía que debía ser así. Porque si lo hacía antes, se vería obligada a darse la vuelta.

Tras unos minutos que parecieron eternos, Marta avanzó los metros suficientes para poder permitirse mirar hacia el lado derecho.

Allí pudo verlo. Al final de la zona de Sagues había un parque infantil. No era el que a ella le interesaba. A unos metros de allí se encontraba una zona en la que la gente patinaba.

Subía las cuestas y esquivaba los obstáculos que había por el lugar. Recordaba bien ese sitio.

Caminó con la respiración entrecortada. Conteniendo en su pecho el aire que apenas entraba y salía de su cuerpo. Cuando al fin llegó a la verja, oteó rápidamente toda la superficie que le quedó visible.

Ninguno de los rostros le pareció familiar.

El corazón entonces se le empezó a calmar. Las manos se relajaron y notó como las piernas le temblaron por la tensión acumulada.

Se quedó unos instantes apoyada en esa verja, con los ojos cerrados.

Respirando.

Notando como su cuerpo se iba relajando.

Cuando el alivio se extendió por todo su organismo, fue abriendo los ojos poco a poco.

Lo primero que vio fue sus propias manos, extendidas en torno a la valla. Los colores amarillos y verdosos de los alambres contrastaban con el tono rojizo de sus dedos.

Despacio, se separó de los hierros y se incorporó. Todo seguía en orden. Parecía que aquella tarde se había librado.

Sus manos volvieron a su cuerpo. Marta se fijó que tenía una pequeña arruga en su vestido azul de lunares. Se alisó la prenda y miró nuevamente al frente.

El final inminente del paseo hizo que sus pies girasen en torno a ella. De nuevo, el recorrido de vuelta.

En un último vistazo, puso atención en las piedras del suelo que componían el camino.

Decenas de pies lo pisaban mientras las voces se extendían a su alrededor.

Un escalofrío recorrió su espalda cuando, entre todas aquellas, pudo distinguir claramente una.

No esperaba verlo.

Pero lo vio.


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