En medio de la acera me encuentro un charco negro. Agua podrida de la que emana un olor que hace que mi estómago se contraiga violentamente.

Vomito justo al lado. Dejando dos montones apilados que se suman al horror del líquido negruzco.

Me reflejo en el agua. Me miro y veo una mancha al lado de mi boca. Los restos de mi cena echados a perder. Solo por oler. Solo por acercarme.

Una rica ensalada que tenía muy buena pinta al entrar, sale ahora en forma de una papilla verduzca.

Siento si te da asco. Es lo mismo que siento yo a veces. Cuando observo esas hojas verdes en mi bol. Recuerdo la comida basura que me hiciste tragar y escupo todo lo saludable para seguir envenenándome de ti.

No puedo moverme de ese lugar. Todo comienza a darme náuseas. El cielo gris y plomizo se vuelve de hierro sobre mi. Una lluvia ácida me rompe las mejillas. La ropa se deshace y yo tengo que escapar.

Una bolsa de plástico me espera en un banco cercano. Una carta escrita a mano. Raída, envuelta. Una firma. La tuya.

Un hilo rojo que rompo con fuerza. Me corto y mi sangre sale de color blanco. Levanto las cejas. Eso no es normal.

Estoy enferma.

Enferma de ti. De esta melancolía barata que se cuela en mis entrañas al final del día. La que me obliga a escribir estás líneas al ritmo de música triste que acompaña mis lágrimas.

En verdad es un ejercicio muy saludable para llorar las penas. Para purgar el alma y sacar el estrés del dia. Creatividad en estado puro. Con palabras aleatorias que se cuelan por mis poros.

Como la carta que hoy sostengo. No sé quién eres. Tampoco quién soy yo. Mis entrañas me dicen que hoy siento melancolía.

Otro día felicidad. Paz. Calma.

Últimamente estoy tan serena que me cuesta encontrar la inspiración. Mi herida es la que sangra literatura.

Y por eso me aferro, de vez en cuando, en tu imagen.

Puede que seas aquel de hace tantos años que ni recuerdo.

El de hace dos semanas. O el, durante casi un año, se coló en mi corazón y en mi piel.

Da igual. Sois hijos de la misma herida. Esa que acabo de hacerme con tu puta carta.

Voy a abrirla.

El papel mojado emborrona las letras. No leo nada. Solo palabras vacías. Reproches. Labios y besos recordados con líneas torpes de quien carece de talento.

Lo siento, soy agente literario de mi propia soledad. Y no veo en tí más que un sinsentido que no tiene léxico suficiente para batirse en duelo con mi inspiración.

Porque tanta rabia.

Porque te odio. Porque te amo. Porque me das igual. Porque me doy igual.

O porque me duele comprobar que voy olvidando el tono delictivo de tus palabras en mi oído.

El sabor de tu piel en mi piel. O el color de tus ojos en la noche. Negros como este charco.

Profundos como este río de letras que no para de salir de mis dedos.

Rompo la carta y me como el papel. Lo mastico y degluto con dolor.

Gotas salinas que salen de mis ojos. Mi boca sabe a tu tinta.

Vuelvo a tragar. Sensación de asco. Adicción a un tóxico.

A ver si esta vez consigo volver a vomitarte.


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