Subconsciente

1–2 minutos

Te veo frente a mi. Sonries malicioso. Me miras de arriba abajo y te vas corriendo. Llevas un traje y corbata.

Yo estoy en ropa de casa. Unas zapatillas raídas, unos pantalones rotos y una camiseta dos tallas más grande.

Está lloviendo. En medio de la carretera veo los faros de un coche aproximándose contra mi. Está cerca. Demasiado.

Me pongo las manos sobre la cara y espero el impacto. A la velocidad a la que va, calculo que la muerte será instantánea.

Sin embargo, el vehículo me atraviesa. Soy transparente. Otra vez frente mi. Me miras. Espera, ¿me miras? No.

Me giro y la veo.

Otra mujer. Sin rostro. Sin identidad. Solo un cuerpo. Delgada, morena y estilizada. Caminando erguida. Llega hasta ti y te da un beso.

Tu la abrazas y ella te gira la cara. Te señala el coche y tu te arrodillas frente a ella. La mujer sigue caminando hacia el asiento de atrás. Se quita la ropa y tu solo buscas un abrazo.

Ella te utiliza como un juguete. Te clava la daga de la indiferencia y tu lloras. Mientras se va, te subes los pantalones aprisa. Mudas tu expresión cuando yo clavo mis ojos en los tuyos.

Ya no es dolor. Ni desamparo lo que veo. Es orgullo. Decisión y asco.

No entiendo porqué me miras así. No, espera. No eres tu. Soy yo.

Un reflejo frente a mi me dice, que la que tiene esa expresión de orgullo soy yo. El asco viene después.

Y tu al otro lado del cristal, te vuelves transparente. Yo me materializo y mi carne adquiere ese tono rosado, de nuevo. El cielo se vuelve azul y la lluvia se disipa.

A mi lado la veo a ella. Una mujer cualquiera. Su rostro comienza a adquirir densidad de repente. Le veo los ojos, la nariz y la boca. Es guapa.

Ella me abraza. A mi si.

Y al oído me dice una frase que se me quedará grabada para siempre:

Ya lo utilizo yo. Corre.


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