Estaba escribiendo palabras de rabia. Insultos disfrazados de literatura. Agravios y bombas de racimo hechos palabra.
Voy a ser muy sincera: lo he tenido que borrar. Una punzada indescriptible ha venido a posarse dentro de mi casi al terminar.
Era un texto brutal pero precioso. Digno de ser leído. En él se reflejaban bajos instintos y una promesa de que, aquel que lo leyera, no volvería a asomarse ante mi jamás.
Solo por lo bajo de las líneas.
Un barrizal pestilente disfrazado de elegantes expresiones. Grandilocuentes palabras que pretendían herir en lo más hondo y profundo.
No me escondo.
En ocasiones he imaginado una dulce vendetta. Seguir siendo yo misma teniendo frente a mi a aquellos que, alguna vez, me hirieron.
Sin embargo, esa tristeza repentina me ha venido a decir algo en mi oído. De qué te sirve seguir envenenándote.
Si lo que tienes dentro es tristeza. Desesperanza y vacío. En ocasiones contadas, es verdad.
Pero cuando vienen a visitarte te dejan anestesiada en la cama durante unos minutos. Haciéndote preguntas que carecen de sentido. Sintiendo que esa punzada no se ira jamás.
Sabes que se marchará. No hace falta que sigas deslizando a la derecha o izquierda en busca de sentidos. En busca de sentimientos de usar y tirar.
Guarda el dispositivo donde pueda verlo y dirígete a la salida de emergencia: vivir el momento.
Es un término manido, pero útil. Mira que paz te invade cuando tan solo te dejas llevar por el segundo que estás transitando.
Mira tus dedos teclear sin parar en busca de un sentido. Las palabras que sangran de su corazón y la pasión que desprende la música que proyectas.
El aura inmensa que sale de este teclado, la fusión estúpida de esta precisión. Ya ves que dices cosas sin sentido. Juntas letras pretendiendo decir algo que acabas diciendo con tus labios.
¿Dónde lo sientes ahora mismo? ¿Dónde está ubicado el dolor de la pasión? El olor a sangre seca que dejan las heridas de guerras jamás libradas.
Grandilocuentes expresiones solo para decir que estás aprendiendo a hallar tu paz sin su caos. Su refugio sin su tormenta.
Y no sabes bien qué tenía. Ni siquiera era un hombre capaz de sostenerse. Ni capaz de sostenerte.
Tal vez era la representación de aquello que siempre te fue negado. El pecado capital de tu necesidad de ser elegida. De sentirte importante frente a alguien hermético.
¿Qué más da todo eso?


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