Es raro todo lo que siente mi cuerpo ahora. Una quietud placentera que hace tiempo que no percibo.
No importa quién fui, quién seré. Solo importa quién soy.
Cada día más segura de que este es el único momento que existe.
Me siento en mi sala, solo a contemplar el silencio. Parece aburrido, esconde mundo maravillosos.
Donde todo es paz, donde no hay complicaciones.
La angustia llegó para enseñarme algo. Para desatar mi sueño de crear una historia ficticia donde volcar mi imaginación. Mis sentidos y sentimientos.
Esas páginas que quedarán escritas por siempre y donde rindo homenaje a mí mejor cualidad: saber amar de una forma desinteresada.
Y así, cuando tocó recoger mis bártulos y marcharme, supe que hacer con mi paz.
Calma tranquila que me mece en las noches y me arropa en las mañanas.
Vida social con planes interesantes. Un trabajo, una casa, unas hijas. Una familia.
Y ahora, la capacidad de poder generar emociones mediante textos escritos.
Inspiración que está comenzando a florecer en la calma. Dejando de estar sumergida en la guerra. En la batalla y el malestar.
El mar embravecido te mantiene alerta. Parece que estás más vivo que nunca.
El agua en calma, al inicio, se siente aburrida. Sin emoción.
Un vacío de hormigón que te hace pedir al cielo un poco de marcha. Y cuando la vuelves a obtener, te arrepientes poco a poco y de golpe de haber llamado a la tormenta.
Menos mal que tu mente siempre buscó la salida de emergencia. Cualquier cuestión lo suficientemente potente. El rincón donde lo racional y lo emocional se comunicaron y pudiste bajar al barro y liarla de nuevo.
Hacerte la indignada y escapar.
Y después, silencio. ¡Qué paz!
Disfrutar de una tarde sin esos nervios en el estómago y esa voz dando vueltas sin parar en tu mente.


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