¿Has visto alguna vez esos vídeos a cámara rápids de flores que crecen?
La tierra acuna maternalmente las semillas que en ella duermen.
El sol, el agua y el tiempo van gestando, poco a poco, la bomba biológica que está apunto de estallar.
Segundos que van acumulando el código de la vida. Esas pequeñas motas que van abriendose paso gracias a los nutrientes de la naturaleza.
Fuerza y vigor que atraviesan la superficie. El verde de lo que será asoma. Parece frágil, pero en ese diminuto brote se encuentra la decisión y determinación de seguir creciendo.
Su camino viene determinado por sus genes. Recto, curvado, tonalidades verdes, rosadas o rojas. Todo ello va adquiriendo la forma.
El cielo se nubla. Cae un gran diluvio. Parece que ella se ahoga. Se dobla, queda sobre el suelo completamente empapada.
Cuando el calor consigue secarla y eliminar el manto de humedad de sus raíces, vuelve a erguirse.
Unos centímetros más. Semanas para ello. Pero no ceja en su empeño. Sabe en lo que se convertirá.
Su transición la hace sentir las hojas que se van formando a los dos lados de su tallo. Éste es más fuerte y grueso. Su verde es oscuro y amenazante para depredadores.
La sabía alimenta cada rincón de su ser.
El viento amenaza ahora. La mece a un lado y al otro. Primero, despacio. Después, más violentamente.
A su lado, varias de ellas ya han sido arrancadas. Las más finas, las menos preparadas.
Ella continúa firme. Trata de moverse al son del elemento. Sin perder la conexión con sus raíces. Siempre pegada al suelo.
Los nutrientes de la tierra la alimentan para seguir aguantando.
Cuando el temporal arrecia, el calor de la primavera la empuja hacia arriba.
Ya tiene varios capullos. No todos florecerán. Algunos se caerán y serán absorbidos por la tierra. Morirán siendo capullos. Antes de siquiera madurar.
Por sus dos extremos, tres tallos crecen rosados. El centro va generando pétalos hermosos que, cuando estén listos, se abrirán y permitirán ser flor.
Ternura y belleza que alegrará la vista de alguien una tarde de verano cualquiera.
Tal vez de alguien que vaya a una cita y decida recortar esa preciosa flor.
Para entregarla en sus manos.
Promesa hecha rosa para ser rota en cuanto el otoño vuelva a secar la planta.
Esa de la procede el tallo que hoy sostienes.
Qué un día se pudrirá en tu jarrón.
Pétalos pálidos que caerán al suelo.
Y recordarás el día que te la dio. Lo que murió con él. Palabras y flores.
Pero no temas. La siguiente primavera esa planta volverá a tener tantas rosas como palabras jamás dichas.


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