El invierno en pleno verano

1–2 minutos

Durante un tiempo vi las flores del verano lucir. Mis ojos brillaban y los detalles me salían solos.

Tu, encantado con lo que yo te hacía sentir. Te viste reflejado en mis pupilas y te maravillaba lo que veías en ellas. Una imagen idílica de quien eras. Pasadas las semanas, ese destello empezó a pesarte.

En el fondo de tu ser sabías que el otoño llegaría. Que no estabas dispuesto a darme la mano y recorrer los senderos a mi lado. Pues bien. Esas cosas pasan.

Sin embargo, te aferraste con uñas y dientes a ese brillo e intentaste meterlo en una urna de cristal. Solo para disfrutarlo cuando tu desearas. Solo para entrar y salir y sacar placer de él.

Yo tampoco fui perfecta en todo este campamento. Pude optar por deshacer el hechizo y marcharme por donde había venido. No lo hice. Permanecí ahí suministrándote calor, amor y pasión.

Y reconozco que aquello me encantaba. Me fascinaba ver cómo volvías a por más. Sintiéndome valiosa a través de tu mirada, permaneciendo a la espera de que te dieras cuenta de que me querías y quisieras entrelazar tus dedos con los míos.

Tu sabiendo de mi esperanza y sin querer ni poder soltarme. No se si eras conocedor de que eso me destrozaba.

Gracias a otra mirada y a otros besos fui capaz de sentir cómo, aunque te inunden de amor, puedes no sentir que la puerta dentro de ti se abre. La diferencia es que yo fui capaz de renunciar a esa fuente de cariño gratuita y quedarme sola.

Esto será lo último que escribiré sobre tu memoria. Ahora quiero hablar de otras sensaciones, de libertad y vida. Ser capaz de recorrer yo misma mi propio camino y no mirar atrás jamás.


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